Hace frío en la calle y pensar en salir a correr parece aterirte más, te mientes cuando ves el hielo fuera en los charcos, al otro lado, como siempre, o cuando dejas el coche y sales del aparcamiento y es de noche te dices: que es tarde o pronto, aún te mientes; algo en la garganta te dice que es mejor no salir y algo de tu voluntad te recrimina la escasa excusa, tensas los músculos de las piernas mientras deseas adivinar si están dispuestos y quieres encontrar una señal para no salir, y la respuesta es que no lo sabes, pero no puedes mentirte ya, no sabes si quieres, si puedes, si deseas o si no hay remedio, hay que sobreponerse a las contradicciones del cuerpo, de la mente y a la meteorología, al tiempo, físico, otra vez insistente, ciego, pertinaz, al tiempo meteorológico, al tiempo de tu estómago, junto al de tu deseo, al tempo de tu voluntad, al de tu vejiga que se infla en el kilómetro imprevisto y eso sí que siempre, aunque antes de salir a correr no dejas de orinar, ya que no tienes el donaire de los hijos del tasi (con ese, sí, con ese, son peores aún que los taxistas, son más fascistas, más racistas, más hijosde) que entreabren la puerta y mean en medio de cualquier calle al amparo indisimulado de las sombras y el bulto de un contenedor, echando la espalda hacia abajo mientras se observan la mano que sostiene su sexo o simplemente se rascan los genitales cara a la calle ufanos; son esos que nunca paran en los pasos de peatones cuando te ven acercarte, los que cruzas mirándoles a los ojos mientras te persiguen rapaces los suyos.
domingo, enero 18
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