miércoles, enero 28

Solo te hiciste navegante en un sótano que también era un refugio, no soportabas fácilmente pasar los, escasos, tiempos libres compartiéndolos con muchos y sobre todo por librarte de parte de la tediosas horas obligatorias de estudio, elegiste la actividad de modelismo naval, haciéndote cargo de un casco abandonado en el sótano que servía como local de trabajo, recuperaste planos, investigaste lentamente como afrontar la construcción, no se trataba de pegar piezas de un caja de montaje sino que cada pieza se hacia a mano, los materiales los proporcionaba el maestro carpintero, personaje amable dentro de aquella zarza de indeseables, algo borrachín, no mucho más que todos los demás; te hiciste armador y navegante despacio, familiarizándote con la botavara, las drizas y las contradrizas, la escota y el escotín, el estay, la mesana o las culebras, la carlinga y la borda de barlovento, con los catavientos, los foques, la cordelería, la quilla, los chafaldetes, el pujamen y las relingas; el perigallo, el patarráez o los naúfragos, sin saberlo virabas ya hacia un lugar lejano y ajeno a aquel sin demasiada amenaza de zozobra, capaz de trincar los cañones, abitar los cabos, adrizar la nave, conociste bien el aparejo de tu nave y aprendiste a identificar las drizas para izar los picos de cangrejo, las velas de cuchillo y los gallardetes; mediste con precisión los centímetros de eslora de lo que construías, trazaste con cuidado la gavia, lijaste despacio los juanetes y rehiciste varias veces el mástil de mesana, anudando decenas de obenques. Aquella nave siempre estaba al pairo, sobre la mesa, nunca llegaste a ver afoscarse el horizonte, ni tuviste que afretar, ni agolar, ni te enfrentaste al aguaje, aprendiste el nudo ahorcaperros, y lo que era el alferiz, el amantillo, en la vida tuviste que soltar otras amarras que las de tus imaginaciones, ni pasaste a nadie por la crujía, ni nunca navegaste a la deriva, tampoco que leer los derroteros, ni nunca se te desarboló la nave, ni jamás disfrutaste del embate, de ningún modo encaraste una galera bastarda, pero tampoco temiste en ningún momento por ver hocicar la nave, ni te familiarizaste con las mareas ni el mareaje, no pudiste nordestear o norestear ni temporejar ni tiramollar… feliz solo todas aquellas horas en el sótano donde embarcabas y desembarcabas; olía a madera de pino, a cola de carpintero y a humedad, un olor indeleble y agradable… en un lugar profundo de tu paciencia crecía nervuda la voluntad, cada vez más ajeno a aquel lugar, a aquellos estúpidos e insustanciales conocimientos que deglutías, que a fuerza de desinterés te limitabas a aprobar, de cinco respuestas contestaba tres, para el suficiente, el resto era la literatura que te mantenía despierto, te llevaba lejos también, a flote sobre la estupidez, a salvo a ratos, llegó un momento que tu extrañamiento lo explicaron como rareza y desde entonces no hubo más problemas, te respetaban e ignoraban por igual, no necesitaba a nadie, corrías solo delante de todos en las carreras de diez kilómetros, autosuficiente con tu maqueta del H.M.S. Bounty y las novelas, de vez en vez, soplaba el frío del desamparo mientras corrías, mientras se vive por inercia.

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