sábado, marzo 27

Por accidente perdiste el reloj de los entrenamientos, en un primer momento la sensación es de extravío, como si te palpases y faltase ropa o estuvieses corriendo incompleto, al cabo de un par de sesiones es casi una liberación no buscar el reloj, no medir cada cierto tiempo una y otra vez, cada vuelta; se trata de aprender a correr sin tiempo, dejarte ir, seguir sin lapso y aprender a guiarte por sensaciones, no del plan previsto, las sensaciones ese día marcan tu ritmo, la distancia que te alejas de casa, el tiempo que corres, la velocidad o la cadencia... hay quienes corren con pulsómetro, una costumbre de profesionales que se extiende entre los corredores populares; no es ni malo ni bueno, simplemente es un fastidio, una molesta cinta plástica atada al tórax, sonidos ajenos a la carrera avisando si suben o bajan las pulsaciones, estás al fin más pendiente del reloj o de los latidos que te da que de cómo corres, es un aprendizaje renunciado; con tiempo y atención puedes saber tu ritmo cardiaco, cuando bajarlo, cuando alargar la zancada y la velocidad. Nos obstinamos en dejar de aprender y que los instrumentos sean necesarios, parece que quisiéramos volvernos sordos y mudos y ciegos a nosotros mismos y necesitásemos mirarnos a través de relojes, radios, pulsómetros, podómetros, aparatos de música, lo último GPS de mano… siempre miras a aquellos que corren cargados de aparatos de los que esperan el alivio del esfuerzo reducido, han renunciado de antemano a entender nada, quizás avergonzados un poco de su cuerpo van demasiado vestidos también, son quienes para no tener ninguna conciencia corren con reproductores de cd,s en una mano y con la otra bracean el aire como espantando un espectro cualquiera. Todo lo demás te sobra solo corre y siente la carrera, es suficiente.

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