... o eso crees de ti o eso esperas de la carrera, no, no es tan importante el número de certezas, y mucho menos de las creencias exactas, la nada es gemela a pretender todo, saber parar, en el escudo del internado se leía servir para servir, vil por vil, cuanto tiempo desperdigado y desperdiciado para nada, entre idiotas marciales, sin dudas, sobrevivir es saber salir de la lógica infernal de los cerebros más miserables, lo obligado es intuir algo más cuando eres parte del laberinto, cada vez que te sitúas en una salida es una victoria, la bravura te dice que no hay como resistir en el límite y no has dejado de repetírtelo, lo remachas hasta que no significa nada, es la materia inorgánica de las emociones, el elemento objetivo del pensamiento, de un sueño que siempre se olvida, cuando Bikila ganó el maratón de Tokio en 1964 medio millón de personas siguieron la carrera en la calle, la estela de Bikila la siguió el japonés Koukichi Tsuburaya, en el estadio entró segundo, en la última curva le adelantó Basil Heatley que sostuvo una ventaja hasta meta, de tres segundos, delante de 75.000 japoneses la humillación fue infinita para Tsuburaya, nunca pudo reparar esa vergüenza, se lesionó el tendón de Aquiles y tampoco se recuperó y no volvió, cuatro años después se suicidó con el ritual del harakiri, su despedida fue: ya no puedo seguir corriendo... te trae desde lejos la traza de una mujer que crees ver o conocer o reconocer cuando durante unos segundos al otro lado de la ventana de un coche o de un autobús o andando, la ves y no la ves y desaparece para nunca más, de nuevo el mapa de cualquier posibilidad de la conciencia está en ti, ves lo que te falta todo delante, ante ti sin rescate ni arranque, insólita conciencia ya no intermitente, sigues, sucederse, ahora no hay ya muro ni estorbo ni rémora ni cansancio que te paralice, solo si te rompes una pierna dejarás de llegar, no dices nada, no silabeas palabra, no quieres tentar ni a la suerte ni al destino ni al cielo ni al infierno, solo lo piensas y con prudencia, te escuchas lo que silencias, miras y ves por fin, el resto solo es tiempo de ceniza, sigues contra los anchos metros de acero, ya no hay miedo del miedo, ya no puedes huir de la meta, el amor se origina en los ojos, el odio en la boca, el soplo de dios se cierne sobre la superficie de lo que murmuras con cautela, tocas las ausencias, saboreas sus pechos besados, desde las aceras grita un loco suelto y desatendido batiendo los brazos contra todo, una niña mece sus piernas en el aire sentada sobre un banco, un perro tensa la correa y la mano le sigue y le persigue, el mar no deja de golpear las costas, no se va nunca siempre viene, crees recordar algo que no sabes si tiene importancia, es como si estuvieses en dos sitios al mismo tiempo, dentro y fuera de ti, el calor esculpe tu rostro, un reloj en la acera marca una hora que no entiendes, te das cuenta de que has olvidado mirar el tuyo, no tienes exceso de fuerzas ni para levantar el brazo, ni ladear la cabeza y ni bajar la mirada al mismo tiempo, cada mínimo bache en el asfalto parece una trampa o un agujero con estacas en su interior, esquivas torpe como si fuesen grandes obstáculos una botella de plástico tirada o a quienes han dejado de correr y andan o esperan a recuperar la respiración, ya nadie para poder rendirse a pesar de que todo sea óptimo para no dudarlo, solo la distancia ha dejado de ser inmensa, lo demás solo empeora o no cambia, alguna cosa parece tener relación con otra, se hacen nudos con materiales inesperados, como si algo imprevisto, o no, se confirmase, percibes un pequeño temblor en las piernas, quizás es un calambre, voces innecesarias sientes que te acosan con sus buenas intenciones, empalagan enormemente, las venas hinchadas en el cuello palpitan con golpes, los escuchas con aprensión, no son certezas lo que te persiguen, todos tenemos algo en la memoria que no podemos dejar de aborrecer, cúrate sin mirar y sin tocarte, dilucidar lo inexplicable a veces es tan sencillo como desobturar un tapón en los oídos, es humano odiar a quienes nos han ayudado, aunque las palabras sean tuyas y salgan de tu garganta y les den forma tus labios no las reconoces como tuyas, confiésatelo estás a punto de rendirte y solo el hacer de tripas corazón te hace persistir en el sinsentido, las calles comienzan a habitarse de cosas que no veías, que no necesitas a menos que sea para que puedan darte algún resguardo, hasta las sombras están ardiendo, calle arriba, cada zancada tiene un nombre sofocante, las grietas de la calle supuran asfalto candente, como si la tierra lo vomitase, un pequeño salto para evitar que se te adhiera a la planta de la zapatilla, solo dos o tres centímetros puedes saltar, intentas escupir la sequedad, no sabes porqué esa necesidad común de escupir, la saliva no es saliva es material volcánico y hay que sacarlo, el sudor ya no son gotas, las fosas nasales parecen cegarse por el calor, abres la boca para inhalar llamas, ruidos extraños y nuevos desde tu cuerpo, mirando más allá de lo que ves, el camino se ramifica infinitamente y cierras los ojos para no elegir, te lleva tu instinto, corriendo incorporas el mundo físico en tu cuerpo, el sudor se mete en los ojos, hasta las tentaciones se han quedado atrás, ahora, sí, lo que falta es lo que no conoces, piensas que no puedes imaginar las siguientes horas tras finalizar, la única certeza del deseo piensas en dejar de correr, en una bañera de agua fría, en unas sábanas frescas, en una habitación en penumbra y dormir, dormir días enteros.