viernes, junio 11

A pesar de que crees tener la fuerza suficiente para acelerar, y la prueba es que aun sientes las piernas como tuyas, no mueves un centímetro más allá cada zancada, andas vagando por un desierto deshabitado tu solo, no hay calles, ni gentes, ni otros, cada horizonte es una duna y el asfalto se hace tan absorbente como blanda la arena fina, te pesa el calor, la camiseta y el sudor, los pies los notas dilatados, incandescentes, no, no es una pesadilla, los olores han vuelto a desaparecer, hay como un zumbido ahogado que se superpone a todos los sentidos, no hay tiempo no lo recuperas su sentido ni su necesidad, los prolongados recuerdos se hacen del silencio, hasta que en un determinado minuto, mientras luchas por darte impulso y ánimo, buscas ayuda, te gustaría pedir ayuda pero no hay a quién, te sientes transparentar y el viento te traspasa aliviándote,

-¿Te sientes mal? -te preguntas.

Te agarras la camiseta, de la que se escurren gotas de sudor y agua, te sonríes y te ves sonreír.

-Al contrario –te dices-, nunca me he sentido mejor.

Acabas de decírtelo, cuando sientes como la camiseta se hincha de brisa, como el sudor cae por tu vientre desde el torso, como abres los brazos para coger mejor esa aire fresco, en el instante en que sientes que tu voluntad sale de tu cuerpo, primero una zancada, luego varias hasta no estar a la distancia de la mano, que se marcha o escapa o huye de tu cuerpo sin despedida alguna, y te deja a merced de la carrera, solo en los últimos kilómetros, entre la perplejidad y la sorpresa, abandonándote en el asfalto gomoso y seco, esquivando en zigzag a los que van delante como si no te reconociese o buscase otro cuerpo menos lento, y se perdió de tu vista, delante del aire donde ya no podías alcanzarla ni con la memoria.

0 comentario(s), léelo(s):