domingo, febrero 29

Aunque no creas que haya riesgo de deshidratarte, aunque no sientas necesidad de beber, no te saltes ningún puesto de avituallamiento, aunque no tengas ni sientas sed, aunque vayas bien, aunque tengas prisa, aunque vayas como esperabas, hay una regla no escrita por la que quien te pasa en los puestos de agua sin parar lo acabas por dejar atrás en los siguientes kilómetros, la excepción: Abel Antón en el kilómetro 35 del Mundial de Sevilla de 1999 no tomó su bebida y dejó atrás a todos sus acompañantes aprovechando la mínima bajada de ritmo, y en el kilómetro 37 alcanza y sobrepasa al japonés Sato que iba solo delante: es la excepción de un maratoniano de elite; los demás solo somos corredores de kilómetros, no dejamos de beber para ganar, bebes también para poder terminar, incluso ellos se equivocan: Moses Tanui uno de los mejores maratonianos de los años noventa abandonó deshidratado en el kilómetro 32 del maratón de Nueva York en 1996, no ha sido el único.

sábado, febrero 28

El veneno del fondo se destila con la misma cantidad de disciplina y de espíritu de lucha; la ley es la paciencia, no hay atajos, la persistencia, sin renuncias, sin claudicaciones, con precaución, aprendiendo siempre a escuchar tu cuerpo, a saber más de ti.

viernes, febrero 27

El corredor de fondo vive en la ausencia al desaliento, escupiendo los kilómetros vacíos, dejando atrás el aire roto por los rostros, rozando el suelo lo justo, con miradas ausentes o extrañadas, más intensos que veloces, pausas de silencio, sencillez desconcertante, satisfechos de sobrepasar las distancias solos, con más que probables angustias en las salidas, con un cierto aire bestial de muecas en las llegadas, sonrisas de feroz calma, dolor descompuesto en los poros, llegando a modular con precisión el esfuerzo, centelleos, llegar sin dudar, conocerte tanto para no sobreestimarte, exigentes y agradecidos, las intenciones se diluyen en la carrera solo resta voluntad en el ultimo tercio final, lo importante se espera siempre, y aunque quisieran no pueden zafarse de la meta: seguir, seguir, hasta el final, casi con igual obstinación que las polillas por achicharrase contra la luz, con la reiteración del ir y venir de una pantera enjaulada; sin curiosidad alguna y sin ninguna duda, los metros están siempre delante, los kilómetros son inconsumibles, las distancias no cambiarán de ningún modo, no hay atajos; sientes un asombro sin entusiasmo, hacia el final, que nunca te estará garantizado.

jueves, febrero 26

La caída no es común ni imposible, la ves, ralentizada, piensas los segundos, hueles donde vas, sientes, juras, perjuras, niegas y reniegas y maldices y no comprendes y estallas y luego, después de todo, te duele la tierra en la carne, la sangre caliente de la rodilla, el suelo se te incrusta en el cuerpo y no sabes qué dolor es cual de todo lo que te palpita.

miércoles, febrero 25

Sentías como pesadilla reiterativa a el idiota, distintas personas siempre el mismo idiota, que te perseguía, a ti y a todos, por el color de los calcetines, por el brillo de los zapatos, por los centímetros de pelo, por el brillo de los botones, el que te hizo coserte los bolsillos de los pantalones para que no caminases en el invierno con las manos escondidas del frío, que pasaba el dedo por encima de la taquilla y luego quedaba demasiados segundos en su dedo atento, que sacaba tus libros y los miraba con perplejidad chimpancé y estaba a punto de agitarlos para ver si había algo en su interior repartiendo miradas reiteradas entre la portada y tu rostro, como buscando una continuidad o una explicación o... el idiota que hablaba durante una hora con la singular habilidad de no dejar de decir un solo lugar común o banalidad, el idiota que mentía y creía firmemente y no dudaba, y si al anochecer se te acercaba tanto su vaho alcohólico barato te manchaba; el que centelleaba un dedo obsceno o amenazante o insultante, al que no se le podía crear mayor desconcierto que obligarle a manejar dos ideas contrapuestas y simultáneas; el pelota agradecido, el exigente inútil, el exaltado vacuo, el incompetente tenaz, el salvaje calzonazos, el exaltado soez, el perezoso sofocado... el idiota marcial.

Km. 13 ↑

martes, febrero 24

Un niño se suelta de la mano de su madre y te acompaña, corriendo una decena de metros en paralelo a ti, te mira sonriendo como dejándote saber que él también sabe correr rápido, le miras siguiendo su rostro que vas dejando tras tuyo, tras él salta un pequeño perro vestido con tela impermeable que corre en círculos ajustados a vuestro alrededor, casi tropiezas con alguien que viene de frente, no se queja, le esquivas a tiempo; la dueña del perro le llama con tono cursi con un nombre humano, la madre le ordena que se detenga gritando un nombre de perro, el niño te dice que su papá también corre, el perro ladra al niño, sigues corriendo, vuelves la vista al frente y sacudes la cabeza como queriendo desprenderte la perplejidad, pisas un charco, aceleras cuesta arriba como si tuvieses más prisa; y prisa por olvidar tanto.

lunes, febrero 23

No hay nada que no haga consciente al maratoniano de la inutilidad cósmica del esfuerzo que lleva a cabo, de los entrenamientos, de las lesiones, de los kilómetros y kilómetros. Probablemente haya algo de perdida de equilibrio lógico que se gana en vitalidad y confianza; te aceptas mejor o distinto cada mañana, soportas mejor día a día; y entre la incomprensión y la admiración de quienes no entienden lo que haces crece una personalidad más fuerte, no hay ni una sola razón, probablemente, que justifique correr más de mil kilómetros para correr de una vez cuarenta y dos, tampoco ninguna en contra será suficientemente buena para alguien que está decidido a hacerlo; y esa contradicción se saborea con normalidad.

domingo, febrero 22

No deja de ser sorprendente, hemos dejado de escuchar a nuestro cuerpo, por eso creemos que el orgasmo es lo único importante; después de la peor semana de los últimos meses, cuando, ayer, volvían a repetirse las mismas sensaciones de dolor, aunque menores, decidiste olvidarte del dolor, acelerar, alargar la zancada, más deprisa, correr sin desconfianza, respirar más deprisa, cambiar el sentido del giro alrededor del parque, de verdad, no sé ¿por qué nadie –casi nadie- gira en el mismo sentido? No lo sé, insisto, te dedicaste a perseguir los cuerpos que iban delante de ti, una chica que corre con walkman, con los brazos muy abiertos pero con estilo ligero, cambió ella, el giro, te fijas en los que corren a menudo, hay menos y van más deprisa, repites su rostro en las vueltas en las esquinas, más o menos llevan la misma velocidad, te sirven mejor de referencia que el reloj, solo miras para saber el tiempo de la vuelta, no te obsesiones, no se debe, a perseguir, aceleraste, los alcanzabas y sobrepasabas, uno te alcanzó, le aguantaste lo que pudiste, luego poco a poco se te fue de la vista, cada vez, dos vueltas rápidas, te sentiste mucho mejor alargando la zancada, más cómodo, menos indeciso, más confiado; lo habitual ¿no?

sábado, febrero 21

Os llamaron para ir corriendo a formar, os llevaron corriendo al botiquín, os hicieron desnudaros a todos, no hacia frío, tampoco calor, veinte en fila con los calzoncillos abajo, tose, tose, se escuchaba de forma monótona e indiferente, dos dedos bajos los testículos, tose, y tosiste; subiros los calzones dentro de poco vais a comenzar a ser hombres y no señoritas, quitaros las camisetas y preparos para las vacunas, en cada antebrazo clavaron con la delicadeza suficiente cuatro vacunas. Ahora corriendo al gimnasio, saltos, subir por la cuerda y cinco kilómetros después, corriendo a las duchas; en quince minutos en otro lugar, otra fila, otra más; firma, ¿Qué es? No jodas y firma. ¿Qué es? Si no firmas vas al calabozo. ¿Y si me declaro objetor? ¿Que te declaras qué? Objetor de conciencia. Entonces a la jodida cárcel; no tienes huevos. No en 1981.

viernes, febrero 20

Cuando se acercaba el final del primer curso ya no eras quien había entrado allí, aún seguías cambiando pero no había retorno a ningún lugar, nunca lo habría habido, fue la velocidad, no, fue la brusquedad, la brutalidad del lugar, te convirtió en un superviviente, ya habías adquirido las habilidades básicas para sobrevivir en y al grupo; estabas desarrollando la resistencia para poder prescindir del grupo, eso se castigaba más. Pero desde el día que te hicieron el vacío por una gregaria necedad, desde el día que te robaron el anorak en pleno invierno, desde el día que lloraste por última vez, desde el día que te raparon la cabeza... ya no fuiste nunca más el mismo, tardas tiempo en aceptarte, en saber que no eras mejor, que habías perdido, que... no importa, no era mejor nada después de todo, eras un superviviente avanzado, no volviste a compadecerte, hay dos fotografías con el lapso de un escaso año, en la primera tienes un gesto tímido, huidizo, delicado; en la segunda hay un rostro endurecido, arisco, seguro y retador; lo único que no cambió, no ha cambiado: el número de calzado que usas en todo lo demás eras distinto. Una de las habilidades que desarrollaste, como mecanismo de defensa, y que todavía tienes es que cuando conoces a una persona brota una intuición básica sobre tu relación a futuro con ella, no falla en un 90% de las ocasiones, lo que ocurre es que no siempre te fías de tu instinto, y te engañas y te dices que quizás esa primera impresión es demasiado prematura, la verdad, no te equivocas, solo deberías escucharte más como cuando corres en silencio.

jueves, febrero 19

Hay días de derrota. El cuerpo purga de sí una señal que eres incapaz de dejar de escuchar: el estómago no acepta nada, el intestino lo devuelve todo, los pies parecen descalzos, los músculos son cerrojos, las articulaciones traviesas en ángulos fijos, la piel se estremece a la rozadura del aire; incluso la voluntad se cuartea, entonces aprende y descansa; no te lleves a ese exceso, es innecesario, erróneo y, sobre todo, estúpido. Los días de derrota deben ser, son, naturales: los alcanzarás sin retroceder, los descubrirás sin buscarlos, los merecerás a tu pesar, no los fuerces, ellos te sacan de la carrera y generan un estado de lucidez tal que te harán ver la verdad del maratón; intenta ahorrártela hasta el final, cuando merezca ya la pena conocerla; cuando seas capaz de conocerla, cuando lo merezcas, nunca antes, nunca tarde.

Km. 12 ↑

miércoles, febrero 18

Procuras esperar al borde de la acera aun teniendo el paso en verde para peatones hasta que todos los coches se hayan detenido o parezcan tener intención evidente de hacerlo por completo. No olvidas esa ocasión cuando todos los coches se habían detenido o estaban apunto de hacerlo, cuando hubo algo que te retuvo unos segundos más, un pensamiento ingrávido, una sensación onírica, un lapsus apático, un déjà vu, unos segundos suspendidos en ningún lugar, una ausencia intocable, tomaste dos o tres bocanadas extras de aire cuando desde la izquierda y detrás tuyo giró de la nada a toda velocidad, cambió de marcha, aceleró brusco, quemando en el asfalto los neumáticos, viste como te atropellaba, como te levantaba por encima de la parte delantera, golpeabas contra el parabrisas rompiéndose para luego volver a rebotar sobre el techo y caer, sordamente, sobre el asfalto desollándote los hombros y la cara y sintiendo romperse más huesos, lo viste con la imaginación o los ojos y los oídos de otro, al menos eso te pareció, de igual forma que mientras respirabas las dos o tres bocanadas, con la cabeza agachada y las palmas de las manos apoyadas sobre las rodillas, para recuperar rápido el aliento, advertiste o creíste advertir o realmente sentiste como una fuerza breve, suave y firme (de algo) como de una mano espontánea parecía retenerte por el hombro, dándote tiempo o descanso o calma para seguir allí estático, en posición de reposo al escuchar el sonido del motor, de los neumáticos, levantaste de nuevo los ojos ya no te viste ni oíste contra el asfalto, los suficientes segundos para no ver ni oír ni sentir. Tras tuyo no había nadie. La ciudad continuó sin más, avenida arriba se escapaba el ruido del motor revolucionado, seguiste corriendo apenas te restaban veinte minutos de entrenamiento. No lo has olvidado. Nada.

martes, febrero 17

Correr en la ciudad siempre supone algunos peligros, no es especialmente arriesgado en sí aunque en cualquier momento se puede sufrir al ir corriendo un accidente con una baldosa desprendida o un bache o agujero en el pavimento o la acera o una tapadera del alcantarillado mal cerrada o abierta o una zanja del gas o de una compañía de cable o de teléfono o de una obra vecinal ilegal o de la empresa de aguas o de una empresa cualquiera o una defecación de perro o un vómito de borracho o cajas de cartón o basura abandonada o...; sobre todo: los coches son auténticas armas ambulantes pareciendo dueños de un a lógica independiente del cerebro del conductor, salen ciegos de los garajes o marchan hacia atrás sin mirar o suben de improviso a las aceras, rebañan aparcados los espacios de cada esquina impidiendo cruzar las calles de acera a acera obligando a rodeos y juegos de cintura para poder volver a ir por las aceras, salen de las dobles o triples filas súbitamente y sin intermitentes, ni respetan los pasos de peatones ni los semáforos rojos ni (mucho menos) los que están en ámbar y cuando se detienen lo hacen en mitad del paso de cebra como queriendo medir o rozar el limite de la indignación o el miedo (sobre todo los taxistas) de los que marchan a pie.

lunes, febrero 16

Una carrera no son más que metros, traducibles a tiempo sin dueño, que se filtra despacio, metros que se repiten en segundos y en minutos y en horas y en más metros y en kilómetros, casi idénticos o monótonos y anodinos, nadie escucha el golpe de cada zancada contra el suelo, ni existen sonidos de los segundos ni alarmas de horas; son las mismas zancadas, de menos de un metro, y no tienen ninguna importancia, el calzado se desgasta imperceptiblemente en cada una de ellas, se pierde amortiguación, estabilidad, gradualmente las rotulas y los tobillos y los tendones y cada articulación y cada hueso y cada músculo asumen cada zancada, cada golpe, de cada instante y de cada metro, y no ocurre nada ni hay oídos paras escuchar ni ojos para ver. Reiteración, redundancia, repetición, insistencia, más redundancia, más resistencia en recorrer los mismos caminos, apenas puedes soportar entrenar en pista, cada cuatrocientos metros entras en la misma vuelta, es preferible aunque no haya forma de no repetir los trayectos al cabo de quinientos kilómetros no entrenar en pista, apenas si se entrena la velocidad, resulta un mantra doloroso, solo diez kilómetros suponen veinticinco vueltas, nadie reparará en si son veinticinco y apenas serás capaz de no equivocarte al contarlas, y ¿para qué?

domingo, febrero 15

Debido a la producción de endorfinas por el cerebro al sobrepasar los ocho o diez kilómetros de carrera se alcanza un estado de placer o bienestar único debido a que ocurre un dominio temporal de las funciones de la mitad derecha del cerebro, entendida como la artística e intuitiva, sobre la izquierda que es en la que reside la lógica, que nos obligaría a parar para evitar cualquier dolor; la carrera de fondo lleva hasta un punto de alteración de la consciencia, a un estado de iluminación parcial, no es extraño que corriendo se encuentren soluciones a problemas que nos perseguían durante días, reflexiones de una profundidad y velocidad inesperada, estados súbitos de hermética lucidez, una inédita disposición a escucharnos y despejar grutas mentales inexploradas. Se incrementa una única sensación de control sobre la propia vida; se modifica la visión del mundo, se incrementa la capacidad de concentración y el potencial de comprensión. Los efectos secundarios no son solo las lesiones sino beneficios de orden psicológico, mejor equilibrio emocional, más seguridad en uno mismo, una cierta mayor osadía al enfrentar retos, menos conformismo vital, además de menos grasa en el cuerpo, mayor irrigación del cerebro, aumento de producción de glucosa, mayor estabilidad nerviosa , mejor alimentación, abandono de alcohol y tabaco... ser tú mutando; cuidado con esta posibilidad.

Km. 11 ↑

sábado, febrero 14

Todo corredor sufrirá al menos una lesión grave en sus entrenamientos, estadística pura. Pero incluso cuando se ha aprendido que el dolor puede ser un punto de no retorno, no es fácil detenerse, quizás se está lejos de casa, se pueden hacer un par de cientos de metros más, esperar unos minutos a ver si se pasa; se elaboran excusas inagotables, no has calentado lo suficiente, hoy estás lento, hace frío o calor o... las lesiones se sienten pero también se escuchan; cuando la rodilla chirría el cartílago se está erosionando, cuando el tendón de Aquiles tiene sonido está a punto de distensión, cuando oímos un pinchazo en el muslo el músculo puede desgarrarse: detenerse, descansar, hielo, descansar, descansar. Siempre la percepción es menor de la real y el dolor inicial nunca es tan vivo como para sobrecogernos lo suficiente haciéndonos parar de inmediato; y corriendo todo significa, aunque no sepamos o no queramos interpretarlo.

viernes, febrero 13

Vivimos la obsesión de medir todo, las distancias, la velocidad en pos de los récords, Bikila fue el primero en correr a 19 kilómetros por hora; hoy todo se facilita para batir el récord batido; los materiales, la altitud, la temperatura, los incentivos para conseguirlo, no es peor ni mejor pagar o cobrar por correr, al fin es otra profesión y el aprovechamiento eficaz del resultado de la mezcla de herencia y disponibilidad genética junto al esfuerzo... ¿habrá alguien medido el récord de carrera por desesperación en un pasillo de hospital? ¿los 10.000 metros atasco a urgencias? ¿la velocidad del miedo frente a las puertas de quimioterapia? ¿la parábola de las miradas tras la confirmación de cáncer? ¿el máximo grado de indiferencia mundial en un médico frente a un enfermo? ¿los decibelios de un lloro al nacer? ¿la longitud del salto al abismo de un diagnostico que no se desea escuchar? ¿la falta de humanidad del silencio como respuesta? ¿el coeficiente de dilatación de la paciencia en las salas de espera atestadas?

jueves, febrero 12

Correr en el gimnasio, sobre la cinta, no es malo, a veces para las series de velocidad cortas puede servir o como alternativa al rodaje y después, de vez en cuando, una buena sauna o un masaje para descargar las piernas, para evitar sobrecargar la espalda es necesaria la pendiente del 1%. Correr en cinta es una suerte de metáfora, corres un poco más solo, sudas más por la humedad y el calor del gimnasio, sol te deshidratas más rápido, no puedes disociar los pensamientos, se fragmentan más, te abstraes menos tiempo, el ruido de la máquina debería meterte en una suerte de nodo, al que vuelves rápido, no hay cambios casuales, todo lo que sucede es resultado del no azar, puede ser hastiante, cuando todo cambia para seguir igual, correr sin moverse, cuando no se va a ninguna parte por seguridad, cuando haces las cosas por hacerlas y sin más designio de que todo siga de idéntica manera, una carrera paralela, como tantas otras cosas que se hacen y no sirven para casi poco; como la existencia misma la cinta te obliga a seguir, correr sobre cinta nada cambia pero nada es ya igual que antes: más lejos pero en la misma parte; y más cerca a ningún lugar.

miércoles, febrero 11

Un corredor escuchó o sintió un sonido en la pierna en el kilómetro diez, siguió corriendo hasta la meta, diagnostico: fractura. Hay quienes no solo se hacen sordos al dolor sino que le niegan el nombre, no pronuncian la palabra jamás a lo sumo malestar, molestia, fastidio, dolencia, irritación, todo menos la palabra. Y siempre se agrava. Casi nunca merece la pena seguir. Esto se tarda en aprender o, peor, nunca se aprende a evitar un sufrimiento innecesario. Hay quienes creen que el sufrimiento por el ejercicio físico es como una hucha donde se acumula longevidad y donde luego se podrá echar mano de unos ahorros vitales; no lo dudes, es falso. Las lesiones se agravan, se hacen crónicas, más frecuentes, más prolongadas en el tiempo; hay quienes asimilan el dolor con gran entereza como parte intrínseca o inevitable del entrenamiento; y nunca llegan a disfrutar con la carrera. Llegan, como todo llega, las fracturas, los desgarros, las distensiones, las lesiones con nombres que nunca habíamos oído y que nos extrañan que acaben de forma crónica, luego nos acompañan como partes de conversaciones de intercambios de heridas. He escuchado competir con nombres y numero de lesiones padecidas; es un signo de estupidez.

martes, febrero 10

Respuesta (involuntaria) ¿de dónde salen las fuerzas cuando los músculos están vacíos? ¿cómo puedes seguir corriendo después de tres horas? ¿cómo puedes seguir corriendo después de cuatro horas? Todos... el que corre por encima de las tres horas, los miles, lo que corres es un ultramaratón; a partir de la tercera hora ya no es una carrera es una confrontación con tus límites; no, no ocurrirá muchas veces en tu vida, pero es algo inestimable, un brote inédito de claridad y descubrimiento.

lunes, febrero 9

El corredor de fondo se asocia con el dolor, conviven como parásito y huésped. Hay que alcanzar los límites y superarlos una y otra vez para poder lograr ser elegido por el maratón, tú no eliges haces méritos; y el dolor siempre está ahí, cada punzada es una señal, un aviso, un significado que ha de ser aprendido a descifrar. Una de las cosas más difíciles es saber escuchar el cuerpo y una vez que se ha aprendido: lo que tienes que aprender es a parar, a no continuar, no dejar que la voluntad deseé seguir sin tí o a tu pesar o contra ti y acaso sea más poderosa que la necesidad de dejar de correr, detenerse al escuchar un sonido en los tendones, en la rodillas, el talón; a detenerse sin sentir que aceptas la derrota, que no sigues por que la debilidad tegana; y aprender que parar es una de los grandes victorias.

domingo, febrero 8

Lanzamos nuestras hipótesis explicativas de algo inconcebible; y te dices no puede ser, no me lo explico, no hice nada, todo estaba bien, no me excedí. La lesión no tiene porqué ser brusca también se puede sentir fuera de la carrera o del entrenamiento, horas o días después, entonces nuestra perplejidad es total; y llegarás inexcusablemente a la pregunta tras escuchar el diagnóstico ¿cuándo podré volver a correr?

Km. 10 ↑

sábado, febrero 7

La imaginación lucha denodadamente contra el cuerpo, ese gandul, ese flojo, ese pusilánime y su padecimiento, como si el cuerpo no fuese del todo nuestro, como si acaso no nos hiciésemos íntegramente responsables y fuésemos estrictos educadores que no toleran signo de desidia alguno; luego ya la lesión se va agravando y entonces, sí, cuando no puedes seguir negándolo, aceptas, los síntomas eran reales, y la disciplina autoinfligida, sí, lo reconoces, pero poco severo, pero no es para tanto, no conviene caer en la queja; nos dejamos mirar, escuchamos las preguntas con desconfianza, intentamos contestar lo justo, nos tapamos ante los posibles reproches, incomprensiones, escuchas mientras no le miras: todos sois iguales.

viernes, febrero 6

Hay para quienes unos días de inactividad o dejar a medias un entrenamiento significa una auténtica claudicación; son muchas las formas de alterar las señales y los signos de aviso de nuestro cuerpo, por ignorancia, por estupidez, por la cercanía de una carrera o por no haber aprendido nada, porque las endorfinas que segrega nuestro cerebro anestesian nuestro dolor, lo disimulan, lo velan al sistema nervioso: y llega la lesión, y primero se minimiza o ignora, y cuando ya no hay forma de ignorarla, se retrasa la visita al médico o al fisioterapeuta, se confía en que las horas, las cremas, los masajes o el hielo lo arreglen; los cuádriceps, los peroneos, los pies y sus veintiocho huesos, sus diecinueve músculos y sus 107 tendones son los más sensibles a las lesiones. Hay quienes no solo desmienten el dolor sino que le niegan el nombre, no pronuncian la palabra jamás a lo sumo: malestar, molestia, fastidio, dolencia, irritación, todo menos la palabra.

jueves, febrero 5

Todo corredor sufrirá al menos una lesión grave en sus entrenamientos, estadística pura; incluso cuando se ha aprendido que el dolor puede ser un punto de no retorno, no es evidente ni fácil detenerse, quizás se está lejos de casa, se pueden hacer un par de cientos de metros más, esperar unos minutos a ver si se pasa; se elaboran excusas inagotables, no se habrá calentado lo suficiente, hoy es mal día, se está lento, hace frío o calor o... ciegos, sordos.

miércoles, febrero 4

Al correr todo pesa, incluso la lentitud; y el plúmbeo lastre de los recuerdos clava las plantas al suelo.

martes, febrero 3

La mayor fuerza contra la que lucha un corredor de fondo tras la ley de la gravedad es la de la inseguridad; las dudas lastran las piernas; y es la voluntad la única fuerza capaz de luchar y alterar las leyes de la física.

lunes, febrero 2

Corres bajo la lluvia, insistentes miradas de incredulidad o suspicacia desde los coches y autobuses, uno te grita insultándote mientras huye, otro hace sonar el claxon con la misma aparente intención; aprietas los puños, los labios; continuas, y esa volátil ira te hace correr mejor, más rápido, con cierta euforia; y acabarás por recordar esos kilómetros como de los más ingrávidos de todos los que has corrido.

domingo, febrero 1

Te levantas con la sensación de un día diferente, nada especial pero nada igual al resto de los domingos, esa sensación anodina o vacía como de tener que cumplir alguna repetición insustancial pero inevitable. Tres horas antes desayunas con calma, hay que alimentarse (al menos, todavía, no desayunas pasta), cereales, yogur y café solo sin azúcar y algo de fruta, durante el día anterior vas preparando una pila con la ropa que no hay que olvidar, el reloj, los imperdibles para el dorsal, algo de abrigo por si acaso, la vaselina la olvidaste y te tuviste que descalzar, luego lo agradecerás te dices, te fue bien, te dolieron menos, también, el día anterior te cortas las uñas de los pies, evitar daños o derrame internos, crema en las piernas contra las rozaduras, son lo peor, te pueden atormentar, cuando lo hacías deseas otra mano allí haciéndolo, una erección al imaginar, luego aprecias el tenue nerviosismo en el vientre, respiras hondo, repasas lo que llevas y piensas en que estarás olvidando, crees que no falta nada, no busques soluciones de último momento, te aseguras de llevar los calcetines vueltos del revés, y de poder decidir según el frío si salir con una o dos camisetas, escaso sol, calculas que a los tres kilómetros ya estarás sudando, solo cuando se corre por una calle en sombra y el viento en contra el frío entra debajo de la piel, pero mucho menos que cuando en el kilómetro imaginaste que estabas corriendo muy lejos, parece imposible te dijiste, pero no dejaste de correr, la carrera auténtica no tiene nada que ver con esos diez kilómetros.