La vida no nos espera. Todo ocurre sin necesidad de nuestro consentimiento, igual que gira la Tierra sobre su propio eje que también lleva dentro de sí el movimiento de traslación alrededor del Sol, que a su vez gira en una trayectoria circular alrededor del centro de la Galaxia, que a su vez se desplaza con una velocidad aún mayor que está dentro de un Grupo Local que forma parte, de otra estructura mayor. Sin ser conscientes de ello y, sobre todo, sin nuestro consentimiento. Todo había seguido su curso del que yo había permanecido ciego, sordo, mudo y desnudo; sin ser conciencia de ello, sin contar conmigo. Y ahora, sin más, esa vida volvía a arrollarme sin contemplaciones. Había creído ingenuamente estar fuera pero no, estaba en la misma pendiente que me precipitaba por un tobogán del que no veía el final, solo sentía la aceleración. Había creído que con una zancada lateral saltaba fuera de esa (mi) vida, como esquivamos un charco en una acera estrecha con un pequeño salto. Para salir de la Tierra las naves espaciales tienen que alcanzar la velocidad de escape, han de superar los 11 kilómetros por segundo para vencer la atracción de la Tierra. No hay velocidad, por mucho que huyamos, que nos permita superar la fuerza de atracción de nuestra vida, no existe la velocidad de escape de mi vida (que no suponga morir), siempre estamos obligados a vivirla aunque sepamos que nos dirigimos ciegos, sordos, mudos y desnudos hacia ningún lugar deseado.