K2. Lino Lacedelli o el puño del silencio
El 31 de julio de 1954 Lino Lacedelli alcanza la cima del K2 poco después que su compañero de cordada Achille Compagnoni. La leyenda y una disputa de décadas han nacido la noche anterior mientras dos hombres, un paquistaní llamado Mahdi y el miembro más joven de la expedición Walter Bonatti, luchan por sobrevivir al frío y a la desesperación a 8.100 metros de altitud, en la zona de la muerte. Así es como la biografía de Lacedelli queda anudada para siempre a Bonatti, Compagnoni y a aquella noche en el K2.
El K2 es conocida como la montaña Sin Piedad. Y Reinhold Messner, uno de los pocos alpinistas míticos aún vivos, le ha dado el calificativo de "la más difícil de todas las montañas de ocho mil metros". El K2 es tan diferente a cualquier otro ochomil que en 1987, como consecuencia de unas extravagantes mediciones de la Washington University, durante varios meses se la tuvo por la montaña más alta del mundo. La expedición EV K2 CNR, liderada por el italiano Ardito Desio, volvió a poner orden en las alturas. El K2 acapara además las estadísticas de mayor índice de fracasos en intentos de ascensión, es considerado el tercer ochomil más peligroso (tras el Annapurna y el Nanga Parbat), y contabiliza en su debe un estremecedor porcentaje de muertes de alpinistas que tras haber hecho cumbre murieron en el descenso. Una montaña así merecía una leyenda a su altura en la primera ascensión hasta su cima; y la expedición italiana de 1954 no defraudó.
Los italianos derrotados en la Segunda Guerra Mundial sufren en los años cincuenta el desengaño del catecismo fascista, el hambre y la dolorosa emigración. Gracias a la habilidad diplomática de Ardito Desio, geólogo, fino político y despótico jefe de expedición, Italia consigue permiso del Gobierno paquistaní para escalar el K2 en 1954, tras haber fracasado los norteamericanos el año anterior. Los franceses ya han conquistado el primer ochomil de la historia, el Annapurna, el 3 de junio de 1950; los británicos el Everest el 29 de mayo de 1953 y una expedición austrogermana el Nanga Parbat el 3 de julio de ese mismo año. El K2 es una empresa nacional donde el orgullo y la reivindicación de Italia frente al mundo están por encima todo, incluso de los alpinistas. En palabras de Desio en el libro oficial de la expedición La conquista del K2. Seconda cima del mondo a cada hombre se le exige: “Disciplina absoluta, aceptada por todos aun a costa de las más grandes exigencias”. Desio sabe con exactitud de qué escribe y a quiénes se dirige.
Lino Lacedelli había nacido el 4 de diciembre de 1925 y su primera escalada fue a los catorce años, escapando a la vigilancia de su padre, en las paredes de las Cinque Torri. De 1947 a 1954 concentra su mayor nivel de actividad en la montaña con notables segundas, terceras o cuartas repeticiones de vías difíciles, sobre todo en los Dolomitas. Mientras Ardito Desio maniobra para dejar fuera de la expedición al mejor alpinista italiano del momento Ricardo Cassin (a causa de unos supuestos problemas físicos), Lacedelli está entre los mejores. Él es el segundo integrante más joven de la expedición, con cinco años más que Bonatti y once menos que Compagnoni. Lacedelli es un joven fornido, rudo, que ha tenido pocas oportunidades escolares y del que Desio en el libro oficial escribe: “Soltero, de 29 años, de Cortina d´Ampezzo (Véneto). Talla, 1,78; de profesión fontanero, guía alpino y profesor de esquí…”. Un Lacedelli que no tiene la astucia de posar en la cima de manera adecuada, como sí hace Compagnoni, ya que aparece con las gafas redondas de ventisca que imposibilitan reconocerle. En el resto de sus imágenes, en las que sonríe, se distinguen siempre dos ostentosos e inconfundibles colmillos de oro.
La historia de encuentros de Lacedelli y Bonatti ha comenzado unos años atrás con un hecho poco conocido, que ejemplifica el carácter del joven Lino. Bonatti asciende entre el 20 y el 23 de julio de 1951, con medios tradicionales de los años 30: cuñas de madera y cuerdas de cáñamo retorcido, la cara este del Grand Capucin con Luciano Ghigo. A mediados de agosto del mismo año Lacedelli y Luigi Ghedina tienen la pretensión de repetir la escalada por la misma cara. De hecho, afirman haberla realizado en apenas veinticuatro horas, llegando a la una de la madrugada a la cima y descendiendo en rápel con la claridad de la luna. Es evidente que trata de un disparate que queda, no obstante, por escrito y sancionado como real en la revista del Club Alpino Italiano de 1952. Lacedelli, no obstante, no se priva de menospreciar en más de una ocasión la Vía Bonatti en el Grand Capucin.
En 1953 dos franceses, Robert Paragot y Lucien Bernardini, intentan repetir la escalada de la cara este que nadie ha logrado subir en 1952. A pesar de llegar a las primeras partes de la ascensión con mejores tiempos que Lacedelli y Ghedina, necesitan más de dos días y medio de escalada hasta la cima. En 1974 Paragot y Bernardini publicarán el libro Vingt ans de cordée, en él afirman que donde esperaban haber encontrado facilidades de escalada -el último tercio era un infierno de dificultades- no hallaron restos de clavijas ni cuerda de la que se deja al descender en rápel, ni una huella ni nada que sugiriera que Lacedelli y Ghedina habían estado allí. Les acusan sin ambigüedades de “vendedores de humo” y de que, por supuesto, nunca alcanzaron la cumbre del Grand Capucin. Lacedelli no responde a Paragot y Bernardini; permanece en silencio, ese gran cómplice de Lacedelli.
Lacedelli no puede imaginar que lo más extraordinario de su vida alpinística, que está por llegar, permanecerá siempre anudado a Bonatti. Durante el viaje de aproximación al campamento base del K2, en la primavera de 1954, y a causa de una broma pesada de Lacedelli y Enrico Abram, Bonatti sufre diversas lesiones, debe permanecer inmovilizado y pierde varios días con el resto de la expedición. Todos callan la causa real de lo sucedido, Bonatti por ingenuo –que no sospecha como su silencio protector se va a volver una y otra vez en su contra- y los otros por conveniencia. Desio, en puro estilo militar, entiende la indisposición de Bonatti como una debilidad física, lo que quizás provoca que le descarte como idóneo para el asalto final al K2. Es el primer cómodo silencio de Lacedelli y la premonición de otro de décadas.
En la noche del 29 de julio de 1954 Compagnoni, Lacedelli y Bonatti junto a Madhi acuerdan situar al día siguiente el campo IX en un punto exacto a 7.900 metros; y que los dos últimos bajen al campo VII para subir botellas de oxígeno al IX. Cuando Madhi y Bonatti llegan al punto acordado hay ventisca, está oscureciendo y la tienda donde tenían que pasar la noche los cuatro no la ven por ninguna parte. En realidad Compagnoni y Lacedelli han situado el campo IX en una cota más alta y alejada, a 8.150 metros. Es Lacedelli quien acaba encendiendo una lámpara y contesta a los insistentes gritos de Bonatti y Madhi. Tras preguntar si llevan el oxígeno les grita que lo dejen allí y bajen al campo VIII. Bonatti escribe en K2 Historia de un caso: "De pronto, la luz se apaga, y yo pienso: -"Ah, eso es que se están poniendo los crampones para venir a ayudarnos"-. Pero no pasó nada... no salieron”. Bonatti y Madhi tienen que hacer vivac a 8.100 metros ya que la noche les cae encima y el descenso habría sido un suicidio. Al día siguiente Compagnoni y Lacedelli hasta llegar a la cumbre no se ven obligados a medir sus fuerzas con nadie, ni a compartir el oxígeno ni la gloria.
Como en toda leyenda se acaba de producir la colisión entre vicios y virtudes, pero por primera sucede vez a 8.100 metros de altitud y a escasas horas de distancia de pasar a la historia del alpinismo. Lacedelli tiene su papel asignado cuando comienza la representación de ese drama shakesperiano, que se extenderá durante cincuenta años, con todos los ingredientes clásicos: resentimiento, corrupción moral, envidia vengativa, cobardía, culpabilidad, pérdida de la inocencia… Según Il Corriere della Sera, esa historia representa a la perfección lo mejor y lo peor de los italianos: el arrojo, la capacidad de sacrificio, la buena estrella; junto a la confabulación, la traición y el engaño.
Aprovechando la publicidad lograda con la conquista del K2 Lacedelli inaugura el 24 de diciembre de 1954 en Cortina d´Ampezzo el negocio de artículos deportivos de montaña K2 Sport, y poco después lo convierte en sociedad a medias con su hermano Leo. En 1955 Lacedelli forma parte de un intento de expedición al Broad Peak que no se llega a organizar por falta de recursos. Sigue en activo de forma intermitente en 1956, 1959 y 1960, y en 1961 abandona la actividad alpinística para no tener que vivir a costa de sus hermanos. Acaso no sea solo responsabilidad del azar, sino la extrema coherencia de unas vidas paralelas, que K2 Sport se emplace al junto al negocio de la familia de su compañero en el Grand Capucin, Luigi Ghedina, Foto Ghedina. Son años de dificultades y la familia Lacedelli consigue la concesión para tener un despacho de venta de lotería. El negocio tarda en arrancar y no se consolida hasta la década de los 70. Lacedelli con los años sigue siendo un hombre sencillo y rústico. Como prueba de ello, uno de sus empleados y esquiador, Vittorio Dapoz, cuenta la anécdota de cómo en una ocasión Lacedelli saluda a una señora de manera tan efusiva y torpe que le rompe la mano. En los 80 sufren la competencia de las grandes cadenas y de los menores márgenes, y su sobrino Mario se hace cargo de la dirección del negocio en los 90. En una entrevista de 2004 Lacedelli reconoce sincero que “si el negocio ha ido adelante es por mérito de mi hermano; yo, mientras sea trabajo manual, está bien, pero para el resto…”
1993 es un año clave para la leyenda. Un cirujano de Melbourne, Robert Marshall, que ha aprendido italiano tras interesarse en el caso Bonatti, publica un artículo tras encontrar por azar un ejemplar de la edición inglesa de la revista suiza Berge der Welt (Montañas del Mundo) de 1955. En él aparece un artículo original de Desio, donde se ven dos fotografías perdidas u ocultadas durante cuarenta años que permiten resolver el enigma del K2 de forma definitiva, para casi todos. En ellas se ve a Compagnoni con la máscara de oxígeno aún puesta y a Lacedelli sin hielo en la barba, prueba de que el oxígeno ha durado hasta la cumbre y Bonatti nunca usó el oxígeno durante el vivac, además de que los necesarios respiradores los habían tenido Compagnoni y Lacedelli.
Lacedelli protesta diciendo que le da igual lo que se piense de él, que todo está escrito y esa es la única verdad. Es curioso, sino algo patético, que un hombre con una caligrafía inexperta, como se ve en sus firmas y textos de aquellos y posteriores años, se aferre a lo escrito para defender lo que no sucedió jamás. Se refiere al libro oficial de la expedición redactado en exclusiva por Desio, y la voz en off de Compagnoni. Desio, cínico e insolente, afirma en 1995 con más de noventa años: “La verdad ya estaba en mi libro en 1954”. Allí oculta -más que olvida- entre otras cosas, los detalles del vivac a 8.100 metros, que aparece como un breve apunte anecdótico. Compagnoni en 2001, con ochenta y seis años, tozudo y furibundo, sostiene que Bonatti perdió mucho tiempo descansando en el campo VIII y por eso tuvieron que hacer vivac; y ataca de nuevo a Bonatti por “echar lodo sobre los héroes [él y Lacedelli]”.
En 1994 Lacedelli comienza el lento asalto a una nueva cota. Ha tardado mucho en tomar la decisión de regresar por el puente del tiempo y superar los bloques de falsedades, cuando reconoce en público que Bonatti es tan héroe como ellos y que para él es “como si Bonatti hubiese estado en la cumbre con nosotros”. Lacedelli corta así la cuerda gemela que le ha atado desde la noche del 30 al 31 de julio de 1954 a Compagnoni; y comienza a andar por un paso clave que podría haber superado muchos años atrás, al desvelar que quien decidió el cambio del lugar previsto de acampada fue el propio Compagnoni. Quizás cuarenta años de retraso no sea un tiempo imperdonable para la Historia, pero es demasiado para Bonatti, que no se da por satisfecho y dirige sus esfuerzos a que se reescriba la historia oficial de aquel ascenso para descrédito de los héroes Desio, Compagnoni y Lacedelli.
La relación entre escritura y realidad tiene una importancia asombrosa en esta leyenda y sus personajes. Ya antes de la expedición al K2, como una sombría premonición, quedó por escrito la falsa hazaña de Lacedelli y Ghedina en el Grand Capucin en la revista del CAI. Desio escribió el libro oficial festejando una ficción que durante más de cuarenta años se tuvo por auténtica. A esa narración oficial se aferraron, hasta la muerte o mientras pudieron, el propio Desio, Compagnoni y Lacedelli. Bonatti se vuelca en sus escritos como única forma de defender ante la opinión pública lo sucedido de verdad en el K2. Un artículo escrito en 1955 y reaparecido entre el azar y la fortuna, encontrado en Australia por alguien que ha leído todo lo escrito sobre el caso Bonatti, Robert Marshall, permite reescribir a escala mundial la historia del K2. Y como epílogo (provisional) el mismo Lacedelli encuentra en las palabras escritas la forma de liberación de su gélido silencio y la penitencia de su culpabilidad.
En 2004 Lacedelli, junto al periodista Giovanni Cenacchi, publica el libro entrevista K2 Il prezzo della conquista donde se retracta punto por punto de toda la versión oficial escrita por Desio, muerto en 2001 a los ciento cuatro años, excepto en el asunto del oxígeno que afirma que se acabó “poquísimos minutos” antes de alcanzar la cumbre (siempre habían sostenido que fue bastantes horas antes). Lacedelli está obligado a explicar su silencio de años y, tras tanta espera hasta ese deshielo, sólo se justifica con: “No dije entonces estas cosas porque no se podían contar”. Y desvela que él estuvo en desacuerdo con Compagnoni cuando éste decidió subir el último campo a 8.150 metros y que lo hizo para no permitir a Bonatti competir por la cima del K2.
La reacción de Compagnoni al libro de Lacedelli es una entrevista rabiosa en el Il Corriere della Sera donde redundante confirma: "Yo llegué el primero”. Lacedelli contesta con otra entrevista en La Comune di Bellusco: “Es un discurso un poco estúpido [el de Compagnoni]. No es verdad, pero ya no tiene importancia alguna”. ¿Está insinuando que fue él quien alcanzó primero la cima y no Compagnoni? ¿Qué tipo de pacto faústico ha tenido Lacedelli toda su existencia con el silencio? ¿Qué más oculta? En la misma entrevista, Lacedelli da a conocer otro hecho según el cual los miembros de la expedición al K2 habrían sido obligados a firmar un documento por el que no podían hablar de la expedición al K2 hasta pasados cinco años.
La pregunta que se hace todo el mundo y con seguridad Bonatti el primero es: ¿Por qué Lacedelli no dijo la verdad tras esos cinco años, en 1959 o 1960? ¿Por qué no la dijo en 1964 cuando, escondido como fuente, Compagnoni acusó a Bonatti de traicionar a la expedición en la Nuova Gazeta della Domenica en un artículo titulado "Diez años después la verdad sobre el K2. Cómo Bonatti intentó adelantarse a Compagnoni y Lino Lacedelli"? En definitiva e incluso aceptando su morosa rectificación ¿por qué ha pasado cincuenta años enrocado protegiendo a un falso rey? Lacedelli decepciona al responder más esquivo que críptico: “No se podía hablar antes”.
Como celebración del 50 aniversario de la primera ascensión, su sobrino Mario Lacedelli hace cima el 28 de julio de 2004 en el K2. Ha estado acompañado hasta los 5.050 metros por Alberta Lacedelli y papá Lino. La noticia se da a conocer con una llamada telefónica vía satélite de Mario Lacedelli, desde la misma cumbre, a Giussepe Ghedina. Las vidas paralelas perduran en las generaciones siguientes. Según cuenta su sobrino, el anciano Lacedelli fue tratado por la población baltí a lo largo del viaje de aproximación al K2 “quasi come una divinitá”.
Lacedelli no fue un simple espectador como parece desear o hacer creer, como mínimo fue cómplice de algo cercano al intento de homicidio aquella noche de julio de 1954; y es el único responsable de haberse abrigado en un silencio irremisible, su silencio. Lacedelli ha pretendido negociar con K2 Il prezzo della conquista una tardía y otoñal tregua con su conciencia debido, acaso, a la invencible nostalgia de paz con uno mismo y, en menor medida, con el mundo.
Lacedelli, tan crédulo como desilusionado, reconoce que con la publicación de su libro deseaba recibir una llamada que no llegó, la de Bonatti. Lacedelli, un arrepentido, ha alcanzado a sus ochenta años una nueva cima en la que está solo; y para él quizás adquiera todo su sentido la frase de G. H. Leigh-Mallory: “¿Hemos vencido a un enemigo? No, a nosotros mismos”. Lacedelli espera resignado en su Cortina d´Ampezzo a que la paz estalle y pueda aún estrechar la mano que ha extendido a Bonatti, por intermediación de Abram, el amigo común. Una mano que durante cincuenta años fue un puño de silencio.



