domingo, octubre 16

MAKALU. Lionel Terray o la conquista de lo inútil

Acaso porque nació y se crió en una gran mansión rodeado de viñas, bosques y un gran parque desde donde veía Grenoble, o quizá porque su familia burguesa disfrutaba desde varias generaciones de una posición económica desahogada, o porque su padre ingeniero químico y médico despreciaba el alpinismo y su madre -conductora de automóviles en 1913, sofisticada amazona en montura de alta escuela y la primera mujer de Francia que se puso pantalones para esquiar- lo consideraba una actividad tan absurda como estúpida -sólo equiparable al motociclismo-, o sólo porque toda su familia esperaba que, coherente con sus antepasados, fuese empresario, médico, magistrado, político, ingeniero o militar como garantía de éxito social y económico, Lionel Terray nunca debería haber sido montañero.

Existen dos tipos de personas en relación con sus contradicciones: quienes las combaten su energía durante toda la vida como algo impropio de uno mismo, y aquellos que aceptándolas como parte de su equipaje identitario se esfuerzan en encontrarles un significado de alcance para su personalidad. Terray vivirá sus contradicciones asumiéndolas con una modesta y consistente ética particular y sin creerse, por ello, acreedor de cielo ni infierno. Desde las líneas iniciales de la primera página de su único libro, Los conquistadores de lo inútil, en un acto de sinceridad cargado más de escepticismo sobre sí mismo que de falsa modestia, Terray escribe: “Soy, si esta palabra tiene algún sentido, un montañero”.

Lionel, nacido el 25 de julio de 1921, se revela pronto como el paradigma del mal estudiante. Su implacable procreador sólo puede explicárselo como una enigmática -e imperdonable- aberración hereditaria. Tras el divorcio de los padres queda bajo la tutela del defraudado padre, que envía al adolescente Terray a un internado tan espartano como absurdo. Donde tras las reiteradas negativas del padre de sacarlo de allí, Terray acaba por idear y ejecutar un escándalo -compra y dispara una pistola- para que le expulsen, lo que logra sin dificultades. Terray es enviado a un nuevo colegio con una pedagogía antagónica al anterior, donde disfruta, se desarrolla como persona, aprende y realiza escaladas sin riesgo durante dos años, al tiempo que lee mucha literatura aunque sólo es capaz de aprobar el francés y el inglés. Para ir a competir en pruebas de esquí Terray se escapa del colegio, y aunque familia y profesores le disculpan en parte ya que gana las pruebas en las que ha participado, tras una segunda escapada de varios días le expulsan. Su padre lo clasifica como caso perdido irreversible. Finaliza así su carrera como estudiante y se consagra a la de esquiador como única manera de afrontar la penuria económica –su madre tampoco puede ayudarle debido a sus desacertadas inversiones-. Terray logra ciertos éxitos pero sin continuidad debido a algún accidente y, sobre todo, al inicio de la Segunda Guerra Mundial. Una dura, errónea y casi mortal experiencia subiendo el Grépon le hace tomar la decisión de renunciar a escalar grandes cumbres.

El joven Terray, influenciado por las lecturas del religioso romanticismo montañero de Guido Lammer, acaba por volver a sentir el magnetismo de las montañas de su inflamada adolescencia, que le impele a regresar tiempo después al Grépon y hacer su travesía. En el invierno de 1940 regresan los turistas a los Alpes y, con ellos, el dinero gracias a un trabajo como monitor de esquí. Terray es seleccionado como integrante del equipo nacional francés de esquí y se vuelca en la actividad física: esquí, bicicleta, natación, gimnasia, atletismo; al tiempo que lee a Balzac, Proust, Baudelaire o Musset. La nueva situación no evita que siga atormentado por su futuro económico y entienda con radical lirismo su vida como “un largo y delicado equilibrio entre la acción gratuita y la honorable prostitución, que asegura mi pan diario”.

La Francia ocupada, sin ejército propio, del gobierno pronazi del mariscal Pétain, que ha trasladado la capital de París a Vichy, sustituye el servicio militar por uno civil destinado a la formación cívica, moral y física de los jóvenes franceses. Los valores que él asocia a ese servicio y la promesa de una dura vida en la montaña hacen que el novelesco Terray se presente, anticipándose a su reclutamiento forzoso en bastantes meses, como voluntario en Juventud y Montaña, donde conoce a unos de sus grandes amigos, Gaston Rébuffat.

El caos organizativo, la irracionalidad de los mandos, la explotación física, los malos y escasos alimentos, la ruda existencia, el nulo aprendizaje, la decepcionante experiencia humana de aquel grupo y el poco alpinismo realizado -salvo algunas escapadas con Rébuffat- resitúan a Terray en una realidad imprevista. Se siente decepcionado por aquella atmósfera de jungla darwinista donde los valores dominantes no son los que él esperaba de estoica camaradería sino “la intriga y la delación”. Para Terray, esta decepción -entre lo esperado y lo real- en medio de quienes espera compartir un modo de vida austero y recto, va a ser una constante; y, sin duda, hallará siempre hechos para alimentarla.

Cuando termina el servicio civil Terray no duda en volver al civilizadísimo valle de Chamonix donde se casa con una bella institutriz acostumbrada a las comodidades, Marianne Perrollaz, y gracias a un pequeño capital prestado por su madre alquila una granja y compra vacas. Ha decidido no volver a la montaña ni a escalar y dedicar su existencia al “pacífico, duro y noble oficio de campesino”. Su total inexperiencia y el inicial bucólico idealismo chocan contra la realidad pero, con ahogos y sufriendo algunos engaños, acaba convirtiéndose en un desengañado hombre feliz “tan duro y tan astuto como el más rudo de los campesinos”. De las proyecciones de su potente imaginario la montaña ha desaparecido, está decidido a ser un campesino durante el resto de sus años. Sólo hay un inconveniente: su mujer “joven, bonita, muy rubia con los ojos de porcelana” no prevé la misma imagen del mundo para sí misma.

En el otoño de 1944, tras la firme y paciente tenacidad de Marianne, el matrimonio Terray vende la granja. Tras esta decisión se abren de nuevo las sendas de la montaña para Terray, que se reencuentra con Rébuffat. Ambos realizan una escalada tan arriesgada como excepcional: la primera del Col du Caïman por la vertiente noreste. El que vive tiene razón, Terray lee a un Nietzsche que parece inspirar la voluntad de aquellos jóvenes feroces y algo estólidos; esa ascensión es el primer paso de Terray en el gran alpinismo.

El riesgo forma parte del menú alpino y poco después del Col du Caïman está a punto de morir en dos ocasiones, Terray afirma que si supera los primeros cuatro o cinco años de escaladas le será posible “practicar el alpinismo de gran categoría durante veinte o treinta años, y morir de vejez”. Hasta 1945 ninguna ascensión le proporcionará la intensidad experimentada en el Col du Caïman y esa nostalgia es la que le hace repetir, ingenuo y radical, que sólo le resta un sueño que cumplir, compartido con Rébuffat: conquistar el espolón Walker de la cara norte de las Grandes Jorasses.

Desde 1942 la Resistencia francesa está activa en las montañas de los Aples contra los nazis. Terray no colabora de forma activa con ella –aunque facilita información a alguno de sus líderes- ni nada le empuja a irse con los maquis; su mujer, la granja, los intermitentes regresos al alpinismo y cierta calma social parecen haber aislado aquellos valles de la Gran Guerra. Pero un día, ante la inminencia de la Insurrección, Terray prepara el macuto y se une a la Compañía Estépahne, donde hay amigos y muchos alpinistas dirigidos por un racional y carismático líder: el capitán Étienne Poiteau Estépahne. Terray se entrena en las técnicas de guerrillero, vive en constante alerta y movimiento. Como los alemanes de los Alpes no tienen mucho interés en la pelea, el capitán Estépahne les hostiga con golpes de mano para mantener alta la moral de su grupo. Allí Terray pasa en condiciones muy duras los ocho meses “más maravillosos” de su vida envuelto en “aventuras alpinístico-militares”. Aunque haya sido mal estudiante, pronto comprende la ineficacia militar de la guerra en los Alpes mientras le encargan dirigir los aspectos técnicos de las misiones de acoso en los picos.

Tras el desembarco de Normandía y la liberación de Francia la estrategia militar cambia y deben acosar a los alemanes atrapados por el ascenso desde el sur de Italia de los aliados. Terray vive de cerca los combates cuerpo a cuerpo. La patria y sus generales, -que han sido humillados por los nazis con la ocupación de Francia sin obstáculos- en una guerra que ya se sabe cómo va a terminar, exigen e imponen unas carnicerías innecesarias en los Alpes para salvar el honor y mejorar las condiciones a la hora de negociar las fronteras con los derrotados fascistas. Las dudas de Terray, en defensa de altos e inaccesibles ideales a base de dolor y sangre, se coagulan al presenciar el acorralamiento de dos jóvenes, de doce y catorce años, hijos de un camisa nera italiano que huyendo buscan refugio en la SS nazi. Un grupo de hombres enajenados les escupen y apalizan para finalmente, a pesar de los gritos de un irritado y amedrentado Terray, ejecutarlos. Recordando aquella escena años más tarde, Terray, mortificado aún, escribe: “Aquel día comprendí que, a pesar del lujo y las máquinas, el mundo moderno no ha salido aún de la barbarie”.

Terray intenta licenciarse en la primavera de 1945, pero se lo deniegan: la guerra no ha terminado para él. El capitán Estépahne, que, leal y responsable con sus hombres hasta el último momento, intenta protegerles de los peligros de la paz, envía a Terray como instructor militar a la Escuela de Alta Montaña en Chamonix. Allí Terray se amarga viendo cómo él trabaja casi gratis al tiempo que se contrata y paga, para el mismo trabajo, a civiles que han esquivado cautelosos la guerra. La vocación alpinista renace en Terray de nuevo de forma contradictoria, un trabajo obligatorio y una pasión pospuesta. Casualmente conoce, entabla amistad y escala con Jacques Oudot, que será el médico y cirujano de la expedición al Annapurna en 1950. Allí coincidirá con él, con Rébuffat y con el hombre que un día le aborda en una calle de Annency, donde está obligado a esperar el tren, preguntándole si es Lionel Terray. Ese individuo al que Terray, en un primer momento, debido a su pobre indumentaria toma por un parado –en la práctica lo era- es Louis Lachenal. Tras tomar juntos una cerveza, Terray define a Lachenal como irritante, charlatán y antimilitarista (Lachenal había huido a Suiza para evitar el Servicio de Trabajo Obligatorio y había estado prisionero en un campo de trabajo en el cantón suizo de Valois). Terray no imagina que ambos serán la cordada más influyente y revolucionaria de los Alpes en los cinco siguientes años. Aún hace falta que el azar les una, por enfermedad de cada uno de sus compañeros, escalando la cima del Moine -su primera ascensión conjunta- donde descubren el sueño que les une por encima de sus desconcertantes incompatibilidades: escalar el espolón Walker de las Grandes Jorasses.

Terray consigue la licencia del ejército en otoño de 1946 al tiempo que la Escuela de Alta Montaña le ofrece trabajo de monitor civil. La necesidad de independencia es mayor que la de seguridad y sorprende a todos al rechazar ese trabajo. Terray, no obstante, está en una situación económica que le obliga a viajar en bicicleta o subir y bajar en marcha de los trenes para no pagar el billete; al matrimonio apenas les resta dinero de la venta de las vacas de su antigua granja. Gracias a un favor excepcional, Terray consigue ser admitido en la aristocrática y localista Compañía de Guías de Chamonix. Él y Rébuffat, a pesar de no haber nacido en el valle, son en 1946 dos excepciones a la norma de ingreso chamoniense, que se hereda de padres a hijos; y ambos apadrinarán en 1948 a Lachenal –que ha soñado con ello toda su vida- como nueva excepción de la totémica regla.

Lachenal impaciente, poco perseverante y algo irreflexivo –cuya osadía y agilidad escalando roza la perfección y la inconsciencia- da muestras, según Terray, de inestabilidad emocional pasando de la euforia a la decepción absoluta. Ambos no tienen mucho en común -Terray es menos impulsivo, más resistente, tenaz y reflexivo y de mayor estabilidad emocional- pero son una cordada magistral al complementarse y tener visiones comunes. Tras una cuidada planificación de materiales (Lachenal incluso fabrica las nuevas botas que van a usar) y buscando llevar el mínimo peso en las mochilas consiguen escalar el espolón Walker. Este ascenso solidifica su amistad y les marca como alpinistas; ambos son, en palabras de Terray: “una especie de animales salvajes de los Alpes, entre la cabra y el mono”. Cuando regresan a Chamonix, tienen una misma certidumbre sobre las escaladas realizadas esa temporada: “no nos habían proporcionado todo el placer que esperábamos… habíamos hecho gran turismo y un bonito deporte, pero no gran alpinismo”. No hablan de nuevas escaladas en semanas, pero saben que tras la Walker les falta algo: la pared más grandiosa de los Alpes, la cara Norte del Eiger.

Terray se da por satisfecho con el espolón Walker e inicia la construcción, tras reconciliarse en parte con su padre, que le ofrece un préstamo, de una casa de madera que ha comprado, desmontado y que, tras volver a montar pieza a pieza, será el hogar Terray. Se vuelca en en su trabajo de guía y en la casa con tanto entusiasmo que de nuevo se plantea “renunciar al gran alpinismo”; en parte, por la cálida llamada a la quietud del valle, y porque cree deslizarse peligrosamente en los límites de lo posible en las escaladas con Lachenal. Terray, con veinticinco años, habría sido un excelente guía para sus clientes durante décadas si no llega a ser por Lachenal, siempre acosándole e incitándole, y por su mujer, Marianne, que no quiere que deje de explorar la vertiente más osada de su carácter.

Para el ascenso de la Eigerwand, Lachenal no ha dejado de provocarle y llega a fijar una fotografía delante de la casa de Terray. También necesitan mejores materiales, para ello, Terray lo cuenta con gran sentido del humor, se hacen contrabandistas y organizan una reunión, para la que tienen que ascender el espolón norte de l´Aguille du Midi, con un amigo italiano que les vende unas suelas de caucho moldeado imposibles de encontrar en Francia, las Vibram (creadas en 1935 por Vitale Bramani tras una tragedia donde murieron seis compañeros suyos de escalada por falta de calzado adecuado).

Terray que ha vuelto a dar oídos a la llamada de lo inútil, siente numerosas dudas sobre su capacidad y, sobre todo, la decisión de ir al Eiger se retrasa a causa de una lesión mal curada en la mano derecha que casi le cuesta su movilidad. Lachenal, en plena forma, le apremia por su natural impaciencia y porque otros escaladores tienen como objetivo el mismo ascenso. La Eigerwand espera el segundo ascenso absoluto. Aprovechando una tregua de buen tiempo, inician el ascenso. En uno de los vivac Terray se siente abrumado por “la inmensa soledad” y comprende “con una claridad espantosa la hostilidad de este mundo y la locura de esta aventura”. Al día siguiente Terray, estremecido siente cómo el vacío le aferra de los pies y tira de él hacia el abismo, lo que le impresiona “hasta las náuseas”. La parte épica llegará después, pero en aquella pared siente en repetidas ocasiones la inminencia del desastre. Si no huye de la pared es porque Lachenal se lo impide en varias ocasiones, lo que para Terray evidencia la falta de valentía a saber renunciar de Lachenal. El ascenso es dramático, interminable y por momentos suicida; sufren caídas, cansancio, impaciencia, obstáculos insalvables, retrocesos, frío, granizo. Cuando llegan a la cumbre Terray no siente “ninguna emoción violenta: ni el orgullo de haber realizado una hazaña deseada”. En aquella arista, en mitad de la niebla y solo, se siente como un “animal atenazado por el hambre”. Lachenal, por su parte, muy nervioso, quiere regresar cuanto antes al valle. En la cima de su obsesión por ascender han previsto el descenso estudiando una postal; sólo la mano invisible de la fortuna evita que, indefensos y desorientados, se despeñen en la bajada.

La segunda ascensión absoluta de la Eigerwand les proporciona la atención de una prensa necesitada de noticias y héroes. Lachenal pronuncia una frase que anticipará hechos de su vida de forma que no puede imaginar: “La gloria es un asunto privado”. Para Terray la gloria, a partir de esa experiencia, “sólo consiste en titulares en los periódicos, copas en el aire y la alegría de algunos auténticos amigos”. Es tan extrema la experiencia soportada en aquella pared que Terray decide centrarse sólo en el oficio de guía, al tiempo que se promete no volver a la Eigerwand jamás; regresará en 1957 contra su voluntad.

Los siguientes años son de calma para Terray, dedicado a su trabajo como guía de pequeñas y medias ascensiones. El teatro de los Alpes, lo saben tanto Terray como Lachenal, se les ha quedado pequeño y las montañas de Europa sólo les ofrecen “una forma deportiva de turismo”. Al menos es lo que afirma Terray al aceptar un trabajo fuera de Francia. Al poco tiempo sus habituales e inmoderadas expectativas son contrapesadas por la implacable realidad. Es el encargado de supervisar a los profesores de una escuela de esquí en un lujoso hotel de Québec -ni le apasiona ni encuentra a quien merezca la pena enseñar entre monitores o la rica clientela- y desempeña el trabajo adicional de entrenador de la selección de esquí canadiense, donde al menos instruye a un destacado discípulo. Para Terray, aquellas montañas ni merece la pena subirlas ni las pistas de esquí apenas tienen desniveles para esquiar de verdad. La falta de motivación, añadida al choque cultural, hace que Terray se sienta bastante perdido en un país del que le sorprende cómo profesa el mismo fervor por el materialismo y por la religiosidad. Al invierno siguiente vuelve, pero acompañado de su mujer y otro monitor, su amigo Francis Aubert. Todos los males de la temporada anterior son compensados por unos ingresos que doblan los mejores que podía recibir en Chamonix. Terray medita durante un tiempo la idea de quedarse a vivir en Canadá y abandonar, esta vez sí y de forma definitiva, el alpinismo. Al final, esa decisión vital de tanta trascendencia la toman las penosas sensaciones de los seis meses de duro invierno canadiense, insoportables para su manera de entender la vida. También existe una incomodidad más profunda, existencial: Terray se siente extrañado en una sociedad donde el capitalismo -en la adolescencia del actual- se muestra ya sumamente implacable con los seres humanos. En Canadá vuelve a percibir la perturbadora distancia entre el deber ser y lo que los hombres hacen; ese desasosiego irá minando con el tiempo su fe en el ser humano, que siempre parece abocado a múltiples formas de barbarie.

Al verano siguiente, ya en Francia, el dinero ahorrado le permite a Terray trabajar como guía privado y, gracias al buen tiempo y a su reputación es el guía que más ingresos obtiene en el valle. En la primavera de 1950 es reclamado para formar parte de la expedición francesa a la conquista de un ochomil, que se organiza en dos meses. No sabrán hasta estar en el Himalaya si será el Dhaulagiri o el Annapurna. Terray se reencuentra con Lachenal, Rébuffat, Oudot y otros conocidos como Marcel Schatz, Jean Couzy y un alpinista de menor categoría que ha sido nombrado jefe de la expedición, Maurice Herzog. Como ante cualquier nuevo proyecto, a Terray le desborda la emotividad: “El Himalaya me parecía más inaccesible que una princesa oriental… era la aventura total”. Ninguno podía imaginar, ni en sueños o pesadillas, hasta qué extremo el Himalaya iba a cambiar sus vidas.

La historia del primer ochomil conquistado por los hombres pertenece sobre todo a Herzog y Lachenal; y ambos tienen que agradecer a Terray y Rébuffat que regresaran vivos, aunque mutilados por las congelaciones, del Annapurna. Salvarles la vida impidió a Terray intentar el asalto a la cumbre. Todos vivieron un caótico descenso, en el que estuvieron a punto de morir en varias ocasiones. El Himalaya, como ninguna otra parte del mundo, hace sentirse a Terray “reducido a la total impotencia”. Hay una pregunta que la experiencia vivida en el Annapurna le hace repetirse una y otra vez: ¿valía la pena pagar un precio tan alto? Cree no tener una respuesta definitiva, pero su instinto, viendo a su amigo Lachenal, la vislumbra con claridad.

El Annapurna también es el detonante de un nacionalismo chauvinista posbélico que provoca que las naciones se lancen a una primera Guerra Fría, mucho antes que la carrera armamentística o la espacial, por la conquista de los ochomiles. En los siguientes diez años once de las cimas de esas catorce montañas acabarán siendo pisadas, bien por aliados -británicos, franceses y americanos- o vencidos -italianos, austriacos, alemanes y japoneses- (el Lothse y el Dhaulagiri fueron alcanzadas por los neutrales suizos en 1956 y 1960; y el Shisha Pangma permaneció cerrado hasta que los chinos lo ascendieron en 1964).

La nación francesa, que había sido invadida y ocupada, necesita reivindicarse ante el mundo; y tiene su oportunidad en el Annapurna, tras los sucesivos fracasos británicos en el Everest. Años más tarde, Terray, desdeñoso y decepcionado, calificará a Edmund Hillary y a Tenzing Norgay como alpinistas menores, “una cordada de dos mediocres roqueros” con nula capacidad para la escalada virtuosa, que habían logrado subir al Everest sólo “gracias a las gigantescas proporciones del sistema piramidal [británico] que debía llevar dos hombres hasta la cumbre”. El Himalaya nunca estará a la altura de las expectativas de Terray, ni tan siquiera le proporcionará emociones semejantes a las vividas en los Alpes o en El Chaltén, lo que le supondrá una importante decepción. Como en la Eigerwand, Terray se jura no volver al Annapurna.

Unas semanas después del regreso de los héroes del Annapurna – para la prensa todos los miembros de la expedición gravitan como pequeños satélites, incluso Lachenal, alrededor de Herzog como astro central-, Terray, apóstata de la gloria y displicente con la prensa, regresa a la montaña. A mediados de septiembre vive una de las experiencias más penosas de su vida al despeñarse en el collado de la Innominata Francis Aubert, el amigo que había llevado con él a Canadá. Terray “loco de tristeza”, queda paralizado de horror y miedo, grita durante mucho tiempo hacia el abismo el nombre de su amigo. Sufre otra profunda crisis de identidad que le hace repetirse la pregunta por el desvarío -y por cuál es el valor- de lo que hace. Se jura a sí mismo que no volverá a salirse de los caminos habituales de los guías, renuncia al alpinismo y se vuelca en el esquí.

Al año siguiente, 1951, las glaciales decisiones del otoño se han derretido en la primavera y Terray –en una huida hacia delante a causa de los espectros del reciente pasado- se une a una expedición al Fitz Roy o El Chaltén en Argentina (su nombre más popular se debe a Robert Fitz Roy, capitán del navío Beagle en el que Charles Darwin navegó por los mares del Sur). El nuevo proyecto dispara la imaginación de Terray, ya que está convencido de que se trata del “tipo ideal de cumbre que ni los Alpes ni el Himalaya pueden ofrecer”. Recibida la expedición por el general dictador Juan Domingo Perón, todo son facilidades gubernamentales hasta llegar a la Patagonia. Allí, en mitad de la más absoluta nada, frente a frente con el Fitz Roy y el Cerro Torre, todo está en su contra: les es imposible encontrar un solo porteador, se enfrentan a un frío extremo, al continuo mal tiempo, al agotamiento, los grandes vendavales, la nieve hasta la cintura… Sólo gracias a una breve tregua de la montaña, entre dos tormentas, en una escalada “compleja, arriesgada y agotadora” junto con Guido Magnone –que, como Lachenal antes y Couzy años después, logra que Terray se sobreponga a la intención de abandono-, hacen cima. El descenso es una persistente deserción de la muerte y hasta alcanzar las cuerdas fijas tienen que hacer dieciocho rápeles. Terray reconoce que es la conquista en la que más cerca ha estado de “los límites de [mis] fuerzas y valor”. Los alpinistas franceses son agasajados, en distintas ciudades argentinas, con más de veinte banquetes como celebración del primer ascenso al Fitz Roy. En 1985 el gobierno argentino mandará fundar (Ley 1.171 del 12 de octubre) al pie del Fitz Roy y el Cerro Torre la aldea más joven de toda Argentina: El Chaltén, para que no haya dudas sobre la soberanía de ese área en litigio con Chile. La calle principal tiene el nombre de Lionel Terray; por su parte Grenoble, donde había nacido, en la calle Nicolas Chorier a la altura del número 33 bis se puede encontrar el Parking Terray.

Tras el Fitz Roy, cuando no imagina que el Himalaya le espere de nuevo, Terray sube el Aconcagua (6.962 metros) y viaja a Perú con dos clientes holandeses para ascender el Nevado Huantsan (6.395 metros) en los Andes tropicales, donde la tragedia les ronda de cerca. Problemas de rigidez y dolores de espalda durante los dos años siguientes le hacen ralentizar y casi abandonar las escaladas. Cuando se recupera, le ofrecen formar parte de una expedición de reconocimiento al Makalu en 1954. Durante ese viaje realiza junto con Jean Couzy un ascenso no planificado al Chomo Lönzo (7.796 metros) –desde donde identifican la vertiente norte como la futura vía de ascensión al Makalu-. Couzy, que había estado en la expedición del Annapurna, muy tapado por el resto a causa de su juventud, demuestra ser para Terray, como al año siguiente cuando regresan al Makalu, “el elemento más dinámico y eficaz de la expedición”. Un sincero y honrado Terray reconoce que, ascendiendo el Chomo Lönzo con vientos de más de ciento cincuenta kilómetros por hora que les tiraban al suelo como briznas de hierba, “lejos de desear esa conquista, no pensaba más que en poder huir de aquel mundo inhumano” y sólo Couzy, al paralizar la voluntad de Terray, pudo forzarle a continuar.

Cuando en 1955 llegan al campamento base del Makalu, una soberbia pirámide de 8.490 metros y quinto ochomil en altura, ya han sido conquistadas las cimas del Annapurna, Everest, Nanga Parbat, Cho Oyu y K2. La precipitada y deficiente organización de la expedición de 1950 al Annapurna –aunque se haya pretendido vender como la primera gran expedición ligera- es con seguridad la razón de que la conquista del Makalu se convierta en un perfecto ejercicio de planificación y ejecución dirigido por Jean Franco.

El Makalu es un ochomil sin leyenda negra y es muy poco probable que llegue a tenerla y acaso por eso sea una cumbre menos mítica en el imaginario ochomilista del alpinismo. Quizá por lo vivido como una patética y dolorosa experiencia en el Annapurna, o por la excelente planificación y los recursos utilizados sin restricciones hasta en el ultimo campo de altura –donde incluso durmieron con oxígeno- antes de hacer cima, o porque el tiempo es excepcionalmente bueno y facilita la cumbre de él y Couzy, pero también del resto de los miembros de la expedición (Franco, Magnone y Gyalzen a la mañana siguiente; y Bouvier, Leroux, Báilate y Coupé el día después), por todo ello o por la insaciable insatisfacción tras cada objetivo alcanzado, Terray escribe: “La desconcertante facilidad con la que habíamos logrado vencer ese gigante al que había consagrado todo un año de mi vida fue una decepción”. Y añade con paradójica perversión: “La victoria debe pagarse con esfuerzos y sufrimientos”. Aparece en Terray, de nuevo, ese irreconciliable antagonismo entre expectativas y realidad: “¿Es por pura estupidez que me siento decepcionado?… Yo había soñado esta victoria de una forma muy diferente… Para mí, en esta victoria hay algo decepcionante”. En el momento en que Jean Couzy alcanza la cumbre del Makalu pocos metros por delante de él, el 15 de mayo de 1955, le hace una espectacular fotografía en el vértice de las aristas del final de la montaña: Terray no duda que está fotografiando a un genuino conquistador de lo inútil.

Lachenal, acosado por la fatalidad que no ha dejado de hostigarle desde la cumbre del Annapurna, muere en noviembre de 1955 al caer en una grieta mientras esquiaba en el Valle Blanche. Las aspiraciones emocionales de Terray exceden su capacidad para comprenderlas y, persiguiéndose o huyendo de sí mismo, vuelve a los Andes en 1956 nostálgico de sus propias emociones –reales o imaginarias-, para conquistar el Nevado Chacraraju (6.110 metros) en una escalada “más allá de las posibilidades humanas”. La vida sólo es posible comprenderla desde las incoherencias y las contradicciones que se han de soportar; y en el verano de 1956 Terray se reconcilia consigo mismo y el resto del mundo en el Chacraraju, cuando vuelve a “vivir ese ambiente de total fraternidad” del que nunca ha podido disfrutar “en expediciones más ambiciosas, en las que algunos, impulsados por un secreto deseo de ser elegidos para la victoria, adoptan un comportamiento demasiado individualista”. Terray está pensando de nuevo en el Annapurna.

Tras esa conquista, que les exige once días para los últimos ochocientos metros de muro, y debido a que tiene tiempo, enlaza la ascensión al Taulliraju (5.830), que resulta “penosa y quizá más laboriosa incluso que la del Chacraraju”. La racionalidad cartesiana que sirvió como palanca emancipatoria del ser humano frente a la naturaleza no es suficiente para Terray y su necesidad de sentir y comprender, por lo que se queda sólo durante dos meses en Perú viviendo como un “simple mestizo” por la pura pasión de sentir la vida con “toda su violencia o toda su poesía”. Terray, no sólo ha alcanzado sus límites como alpinista, también parece enfrentarse a las fronteras de las percepciones, por lo que cada vez se le hace más difícil darse por satisfecho consigo y con el mundo que le rodea. A la vuelta a Francia escribe: “Las paredes glaciales de los Alpes siempre me han dado la sensación de no ser más que simples pendientes de entrenamiento”.

En 1959 Terray vuelve a enrolarse en una expedición de reconocimiento del monte Jannu o Khumbhakarna (7.710 metros), una torre de granito con dos pisos de paredes verticales vírgenes que es parte representativa de la última frontera de la dificultad alpinística. Aunque fracasan, Terray no se siente decepcionado, ya que viven una “lucha grandiosa” que deja pequeñas todas las dificultades de los Andes y las escaladas del Himalaya, “ante todo como un juego”. En 1962, con cuarenta y un años, regresa al Jannu, ahora como director de la expedición vence a la montaña por primera vez desde el inicio del tiempo.

En el apogeo de su carrera, con cuarenta y cuatro años, Terray sabe que las montañas le han cambiado y adivina como los Alpes se convertirán para él en no muchos años “en picos mucho más terribles” que lo que habían sido en su juventud. Terray ha escapado indemne de las llamadas de la nada – la guerra, las caídas, las tormentas, los vendavales, los aludes, el vacío, incluso se ha desenterrado de debajo de muchos metros de nieve excavando durante cinco horas con su cuchillo; el hombre que ha sobrevivido y vencido a los Alpes, al Himalaya y a los Andes es ya capaz de verse envejeciendo cerca de las montañas. Es entonces, al poco de entrever su futuro de esa forma bucólica, con las últimas líneas de su libro, es cuando realizando una escalada sencilla, el 16 de septiembre de 1965 en el Gerbier (2.109 metros), la montaña le abre cuatrocientos metros de vacío hacia la conquista más inevitable de toda existencia.

Reinhold Messner, un casi incomprensible superviviente de las montañas, escribe que no hay ningún sustituto posible para el alpinismo; y, desde luego, Terray -el hombre que nunca debería haber sido alpinista y que en muchas ocasiones decidió dejar la montaña para dedicarse a ser campesino, militar, guía o monitor de esquí- no lo encontró. Cada vez que Terray intentó abandonar el alpinismo se vio frente a frente con la nada; su nostalgia no era la de logros sino de una forma de ser y sentir en un mundo cada vez más extraño. Terray sabía que no se puede luchar contra la montaña, que hay que respetar los latidos de su ritmo, adaptarse a ella y saber asimilar el poder y la fuerza que despliega. El nombre de Lionel Terray como el de Louis Lachenal, Herman Buhl y otros (aún vivos) merece estar en las primeras del santoral politeísta de esa extraña religión sin doctrina, alimentada por perseguidores de lo imposible y profetas de lo inútil, que es el alpinismo.

jueves, octubre 6

ANNAPURNA. Louis Lachenal o la desmaterialización de la escalada

Desde el origen del tiempo hasta el 3 de junio de 1950 ninguna de las cumbres de los catorce ochomiles del planeta ha sido pisada jamás por un ser humano. Dos alpinistas van a lograrlo en aquellas horas. Son dos hombres muy distintos. Uno de ellos demuestra escaso interés en ser reconocido como héroe con esa peligrosa gesta, y su compañero de cordada, por el contrario, encuentra el sentido de la vida estando decidido a morir en la montaña con tal de alcanzar la cima. El primero es Louis Lachenal; el segundo Maurice Herzog, y la montaña, el Annapurna.

A falta de unas horas de ascensión Lachenal es consciente del peligro innegable de sufrir congelaciones y pregunta a Herzog qué hará si él toma el camino de descenso. En momentos así la Historia se presenta ante bifurcaciones clave: tras la alternativa elegida nada volverá a ser igual porque se cruza un instante en el que ya no es posible dar el paso atrás. Herzog, que ha perdido el sentido de la realidad, a causa de los efectos de la altitud y de las drogas que han tomado, asciende con una idea fija en la mente: vencer al Annapurna. Y le contesta: “Proseguiré solo”.

Según la física cuántica, con cada elección que tomamos abrimos en paralelo un nuevo futuro en una nueva dimensión y, así, cada uno de nosotros va multiplicándose en insólitas vidas simultáneas de las que no tenemos conciencia. También existe, por tanto, una dimensión con un pasado y sus consecuentes presente y futuro donde Lachenal hizo esa pregunta y Herzog descendió con él. En esa dimensión el Annapurna no es el primer ochomil conquistado; Herzog no vendió aquella ascensión como una cuestión patriótica y Lachenal, perteneciente a la Escuela de Guías de Chamonix, no escribió nunca que, solidario y honesto con Herzog, sólo continuó porque se trataba de un “affaire de cordée”; Lachenal tampoco fotografió en la cumbre a un Herzog alucinado y eufórico con el piolet boca abajo, la banderita francesa y los brazos en alto; Herzog no hizo una fotografía desenfocada a Lachenal inservible para la reproducción en prensa y cines que le dio toda la gloria popular en los medios sólo a él; ambos no perdieron dedos de pies o manos por las congelaciones durante un descenso caótico junto a Terray y Rébuffat, ni cayeron en grietas, ni les sepultaron aludes, ni sufrieron oftalmia de las nieves; aquella expedición no huyó por las montañas del Himalaya en pleno monzón durante un calamitoso mes con Lachenal y Herzog inválidos y atiborrados de morfina para soportar los dolores de las congelaciones y amputaciones sobre la marcha; Herzog no fue nunca ministro de Juventud y Deportes de Francia, ni diputado, ni alcalde de Chamonix, ni miembro del COI; ni tampoco Lachenal murió esquiando al caer en una grieta en el Valle Blanche, un camino que había recorrido en centenares de ocasiones, porque no necesitó recuperarse de dieciséis intervenciones quirúrgicas en los pies durante cinco años.

Hasta ese preciso instante del 3 de junio en que Lachenal decide que se trata de un asunto de cordada y no abandona a una inevitable muerte a Herzog en las laderas del Annapurna, han tenido que encadenarse millones de sucesos previos en la vida de Lachenal para llevarle hasta allí.

La infancia y juventud de Lachenal, nacido en Annency el 17 de julio de 1921, están marcadas por el desorden, la desatención de sus padres, absorbidos por el negocio familiar, y la efervescencia de su carácter. El torrente de energía que desborda el joven Lachenal no encuentra más que diques: es expulsado de la escuela, idea estrategias para colarse trepando a los cines, desaparece en las calles durante todo el día, desespera a sus padres o se afana en fabricar una barca sin planos con el dinero ganado trabajando a destajo como monaguillo. En cada proyecto que emprende inyecta un empeño casi irracional hasta conseguir su objetivo. A los catorce años los padres toman la decisión de enviar al indomable Louis a un campamento de scouts; esa decisión cambiará la vida del joven Biscante, como le apodan allí y para siempre, al apoderarse de su voluntad un nuevo objetivo: escalar todas las rocas en las cercanías de Annency. Tiene catorce años, es rápido, ágil, audaz, elástico y necesita el riesgo. Lachenal sueña con hacer la primera escalada en hielo, subir la pared del Grépon y bautizarse como alpinista.

Hace años que ha conocido a una chica de familia burguesa y puritana, la inteligente e infatigable Adèle Riviere; y con idéntica determinación ha decidido que será su mujer. El padre de Adèle, ingeniero en Annency, descubre las intenciones del joven conquistador y exige genuinas garantías para su hija. Lachenal no las tiene, ni las tendrá en mucho tiempo, pero miente afirmando que será veterinario aunque jamás hace nada por intentar serlo. Adèle acaba interna en la escuela y con la prohibición de encontrarse ambos fuera de la casa paterna. La vida se acelera para la pareja: en poco tiempo Lachenal asciende el Grépon, aprueban los exámenes de Bachillerato, muere el padre de Adèle y la madre les prohíbe todo contacto: su hija no se casará con el hijo del tendero. La euforia de la escalada se hiela, Lachenal deprimido se encuentra sin proyecto personal ni profesional, ya que por desinterés suyo y desidia de su padre no es admitido en el instituto para continuar los estudios. Los sueños no se cumplen -es el paso traumático de joven a adulto- y durante meses vive ofuscado y desorientado.

Lachenal es un joven alto, fibroso, de rostro con marcados rasgos, nariz recta y crecientes entradas; su carácter va de cresta en valle, es cáustico, mordaz, impaciente, febril, pendenciero, excesivo en los juicios, depresivo, vulnerable y ansioso. Dos únicas ideas dominan su voluntad y aportan sentido a la inercia con la que se deja vivir: Adèle y la conquista de nuevas montañas. Una vez tomada una determinación, patrón que repetirá a lo largo de toda su vida, se vuelca en ella de forma titánica, honesta, inmoderada y audaz.

En 1941, cuando los nazis han alcanzado el cénit de sus éxitos con el desembarco en Creta y Hitler puede dar la orden a su plan, deseado y postergado, de invadir Rusia, los jóvenes franceses son enviados por el régimen colaboracionista de Vichy a campamentos juveniles paramilitares. Tras remover todos los contactos posibles, Lachenal consigue que le destinen al agrupamiento Jeunesse et Montagne en los Alpes, donde pronto obtiene un diploma militar de monitor de esquí. Insatisfecho, al año siguiente realiza un curso de jefe de cordada donde es el número uno de la promoción. Lo primero que hace es llamar a un amigo para que informe a Adéle. En la calle, tras las felicitaciones, le presentan a un reconocido alpinista del momento: Lionel Terray. Y poco tiempo después conoce de manera casual en una estación de ferrocarril a un amigo de éste, Gastón Rébuffat. El azar ha hecho la triangulación perfecta. Ellos, junto a Marcel Schatz, Jean Couzy (dos sextos gradistas alpinos) y Maurice Herzog formaran al cabo de ocho años las cordadas del Annapurna.

Preocupado por el reconocimiento civil de sus títulos militares, bulle en su mente la idea de ingresar en la aristocrática Escuela de Guías de Chamonix, pero él es un extranjero; Lachenal se mortifica, le corroe ese clasismo que le recuerda a la marginación pudiente de la familia de Adéle, quien firme en su determinación de casarse con él le reclama a Annency para que hable con su madre. Frente a una suegra reticente y resignada se habla de nuevo de dinero. Meses después acaba la movilización militar y Lachenal, nostálgico sale de Jeunesse et Montagne. El mismo día de su despedida le contratan de monitor de esquí en Contamines y una semana después de recibir su primer sueldo se casa con Adéle. Tiene esposa, profesión y veintiún años. El sueño se nubla pronto, a los pocos meses recibe la llamada para un eufemístico Servicio de Trabajo Obligatorio, que en realidad es una deportación para trabajos forzosos en Alemania. Lachenal y Adéle intentan huir a Suiza pero son detenidos, recluidos y, gracias a los contactos de la familia del padre de Adéle y muchas gestiones, liberados. Por fin, pueden instalarse en Lausana en la gran mansión Riviere.

Con demasiado tiempo libre Lachenal encuentra en el dibujo -al que se dedica con ímpetu- de los retratos de los grandes guías de la mitología alpina una forma de calcinar sus siempre excedentes energías. Aquellos que ven sus dibujos le reconocen un gran talento, pero cuando puede escapa a la montaña a recuperar las sensaciones de la nieve y la roca. A principios de 1944 nace su primer hijo, Jean-Claude, pero pronto ni el papel de padre, ni el dibujo, ni las comodidades pueden compensar su ociosa inquietud. A causa de su fatuo orgullo y para no permanecer bajo la protección de la familia de Adéle, Lachenal se ofrece como voluntario a las autoridades locales, lo que le cuesta acabar recluido en un campo de trabajo en el cantón de Valais durante la primavera de 1944. Francia es liberada en verano tras el desembarco de Normandía pero él, tras las alambradas, no sale libre hasta noviembre.

En 1945 el matrimonio regresa a Annency y a las penurias. Lachenal se sumerge de nuevo en la soledad taciturna. La difícil situación económica -no hay trabajo porque no hay turismo tras la Guerra-, las pequeñas habitaciones donde se ven obligados a vivir y los escasos alimentos les acosan. La suerte, en la que tanto confía Lachenal, hace que consiga un trabajo de monitor de esquí tras encontrarse por suerte con un antiguo compañero de Jeunesse et Montagne. Es el tiempo de sus primeras escaladas notables. Terray y Rébuffat son la cordada del momento e instructores en la Escuela Militar de Alta Montaña. Un nuevo encuentro casual con Terray hace que comiencen a escalar juntos. Ambos son audaces, ágiles, seguros y sobre todo rápidos, se ganan la fama de cordada acrobática. La potencia y agilidad de Lachenal descubre a Terray que se trata de un portento de la escalada. Son veloces porque es su manera de escalar, no porque quieran batir un récord; sólo los pulverizan. La ascensión de la pared Norte de las Jorasses les consagra.

Las dificultades económicas no se superan y obligan a los Lachenal a vivir en pequeñas e incómodas habitaciones y a frecuentes cambios de residencia. La familia vuelve a crecer y el hijo pequeño cae por dos veces enfermo de neumonía. Adèle, que nunca ha lamentado haber dejado atrás las comodidades burguesas, se desespera. Lachenal toma la decisión de construir una casa. Va a dedicar todo su tiempo libre de monitor de esquí a pensar y trabajar en su casa. Adéle le agradece el gesto pero sabe que no es posible. Lachenal ahorra y compra materiales con mucha antelación, acumula varias toneladas de cemento conseguido a buen precio durante dos años. Seguro de sí sostiene que no necesita plano alguno; y todo el mundo da por seguro que la casa se derrumbará. Cada etapa de construcción exige nuevos conocimientos, con la intensidad y determinación que aplica a todo lo que se propone Lachenal pregunta y aprende a ser albañil, carpintero, pintor, fontanero, electricista. Tampoco abandona la montaña, en su mente tiene un nuevo objetivo: la Norte del Eiger, la pared más grandiosa, que asciende con Terray en invierno sin renunciar a su estilo, lo que les acaba costando que les acusen de alpinistas de cronómetro. La segunda ascensión invernal absoluta de la Eigerwand les proporciona la atención inesperada de una prensa necesitada de héroes; pero para Lachenal “la gloria es un asunto privado” y no pierde el contacto con la realidad. Aún no puede ni sospechar cómo esa idea va a marcar su vida.

Lachenal comienza a labrarse, no de forma inmerecida, la reputación de neurótico. Escala, por las aristas del riesgo y la muerte, gritando, maldiciendo, insultando a la montaña. En palabras de Terray Lachenal asciende “en trance, como un demonio, como un poseído”. Ambos se convierten en la cordada más influyente de los Alpes sin hacer una sola primera ascensión. Lachenal remata la temporada rizando la dificultad, la considerada como la ascensión imposible en hielo, la cara Norte del Triolet, con André Contamine al que, como hace cada vez que se fija un nuevo objetivo y necesita un compañero de cordada, hostiga, intimida, grita, ruega, encandila, amenaza o seduce hasta convencerle.

En 1948 Lachenal está en estado de gracia: Terray y Rébuffat, otros dos extranjeros en Chamonix, le apadrinan en el ingreso en la Compañía de Guías de Chamonix. Otro sueño imposible se acaba de materializar. Lachenal es el profeta de la velocidad, bate todos los horarios por el ansia de ir rápido, sin más. Sostiene que la rapidez reduce los riesgos y el peligro se evita no perdiendo tiempo. Se aplica, arrebatado, en ir pulverizando un itinerario tras otro y contiene su impaciencia, a duras penas, cuando Terray necesita detenerse a comer. Su hijo mayor parece haber heredado toda la impetuosidad de su padre hasta el punto de que acaban paseando con él atado a una cuerda.

Los peores augurios no se cumplen y de la casa ya se ven los muros. Lachenal construye casi siempre en solitario y cada vez que necesita saber algo observa con atención a cada artesano. La velocidad no disminuye el orden o la meticulosidad en el horario Lachenal. Casi nadie da crédito a la nueva hazaña cuando ven el hogar de los Lachenal firme y terminado cerca de Praz.

En los primeros seis meses de 1950 veintidós expediciones intentan alcanzar la cumbre de alguno de los catorce ochomiles. Todas fracasan. Francia tiene un permiso de escalada y no puede dejarlo pasar. La expedición francesa es reducida (seis alpinistas más el cirujano Jacques Oudot y el cineasta Marcel Ichac), precipitada (apenas tienen dos meses para prepararla) y, si se trata de la primera expedición ligera en el Himalaya, se debe más a las carencias que a una estrategia; no disponen de cartografía, no tienen -salvo Ichac- experiencia en el Himalaya y, por desconocer, ni saben qué montaña van a subir, si el Dhaulagiri o el Annapurna.

Desde París vuelan vía Roma, El Cairo, Bahrein y Karachi hasta Delhi y desde allí continúan en tren y marcha hasta Nepal. El 6 de abril de 1950 contemplan por primera vez en sus vidas las montañas del Himalaya. Después de comprobar la inutilidad de los escasos mapas que llevan y realizar una decena de expediciones de reconocimiento Terray resume su estado de ánimo ante el resto de la expedición, tras inspeccionar la cara norte del Dhaula: “Siempre os lo podéis meter por el culo”. Han pasado cinco semanas desde la salida de Francia el 30 de marzo, y aún tienen que decidir qué montaña escalar. Tardan una semana más, hasta el 14 de mayo, en dirigirse al Annapurna. No imaginan lo que les espera.

Lachenal, fiel a su carácter, se desespera por la lentitud y el ingente tiempo que necesitan para todo. Tiene tiempo, excesivo e interminable, y se dedica a escribir en su diario comentarios etnográficos: “Las mujeres parecen tener poco pecho, e incluso algunas si no me equivoco, no tienen nada de pecho” o fisiológicos: “Aún tengo un poco de diarrea. Esta mañana me he manchado los pantalones (poco agradable)”. Contiene su desesperación: “No traen muchas novedades, excepto que el mapa es falso, indiscutiblemente”. O descubre la pared sur del Dhaulagiri: “Una vista espantosa… la moral está muy baja”. Sufre del mal de altura: “Jamás he hecho un descenso tan lento. Horribles golpes resuenan en mi cabeza”. Y sus percepciones se redimensionan: “Hemos asistido a la caída de un enorme serac… ¡de las dimensiones de la Aguille de Roc!”. Hasta el 22 de mayo, casi dos meses después de salir de Francia, no puede escribir “Estamos realmente contentos. Es el primer día de placer en el Himalaya”.

Que Lachenal y Herzog estén en el campo más elevado el 2 de junio de 1950 es más resultado del azar que de un plan de ascensión premeditado y calculado. Un campo más abajo están Terray y Rébuffat agotados pero dispuestos a un segundo intento de asalto. Todas las decisiones que ha ido tomando a lo largo de su vida han llevado a Lachenal a esa tienda de campaña, a unas horas de la cumbre del Annapurna. Herzog escribe en su libro (dictado convaleciente en el American Hospital de Neuilly durante 1951) Annapurna. Premier 8000: “Bruscamente Lachenal me interpela: “Si doy media vuelta ¿qué harás tú? En un instante, un mundo de imágenes desfila por mi cabeza… ¿Vamos a renunciar? No es posible… Mi voz resuena clara: Proseguiré solo… [Lachenal escoge sin vacilar] ¡Entonces voy contigo!”

¿Qué habrá sucedido en esa dimensión posible de la física cuántica donde Lachenal desciende y Herzog sube y muere? ¿Qué pensarán de Lachenal los compañeros de expedición? ¿Y los de la Escuela de Guías de Chamonix? ¿Y la prensa o la opinión pública? Y, sobre todo, ¿qué habrá en la conciencia de Lachenal, conociendo su carácter, tras dejar solo a un compañero? No hay respuesta posible. En la dimensión real que conocemos sabemos que Herzog, en aquellos momentos de anfetamínico romanticismo, escribe: “Sonrío interiormente por lo miserable de nuestra lucha… siento una alegría que no puedo definir”. Y percibe “un abismo” que le “aleja del mundo”, cree ver “la escala de Santa Teresa de Ávila” y reconoce que ha perdido toda noción del tiempo. Cuando alcanzan la cumbre, Herzog, “paralizado por la emoción”, ha llegado al edén, al éxtasis o al delirio insano cuando insiste en que está “decidido a morir en mi montaña” y no puede evitar una avalancha de megalomanía: “Hoy consagramos un ideal. Nada es demasiado grande”.

Herzog, en la gloria con peligrosos pensamientos, y Lachenal, abatido por la percepción evidente de las congelaciones, son Don Quijote y Sancho Panza en medio de las ventiscas del Annapurna a 8.000 metros de altitud. No se trata de dos percepciones del éxito, como se puede creer, en realidad son dos visiones del futuro. Lachenal tiene veintiocho años y teme quedar inválido para su profesión, que junto a su familia aporta todo el sentido a su vida. Herzog dedica su mejor pensamiento a los alpinistas muertos en el Himalaya: Mummery, Irvine y Mallory, Bauer, Welzenbach, Tilman, Shipton… pero no como homenaje sino que, teatral y celoso, escribe “Cuántos han muerto ya, cuántos han encontrado en estas montañas el fin más hermoso para ellos”.

Herzog nota que Lachenal le sacude para sacarle de su ensimismamiento, quiere bajar. “Un segundo. He de hacer fotografías”, impone Herzog. Lachenal grita: “¿Estás loco? ¡No tenemos tiempo que perder…! ¡Hay que bajar deprisa!”. Herzog mantiene la lucidez estratégica, es consciente de la necesidad de hacerse las fotos, -en color y blanco y negro- y Lachenal se las hace. Él está tan consternado que ni siquiera posa para la inmortalidad, se queda sentado, ausente y atemorizado, en la única fotografía que le hace Herzog, sale desenfocado. Para Lachenal la gloria es un asunto privado pero Herzog, un hombre de negocios pragmático e inteligente, incluso brillante, sabe que las fotografías en la cima del Annapurna son imprescindibles para el bautizo de inmortalidad que desea. Que esa fotografía de Lachenal, preservada por Ichac en su archivo personal, esté desenfocada significará en el futuro la privatización de la conquista del Annapurna para Herzog.

A diferencia de otras facetas de la vida o el deporte en las montañas es fácil diferenciar el éxito del fracaso. Lachenal escribe en sus diarios recordando esas horas: “No tuvimos elección, seguir o el fracaso absoluto”. Lachenal no cae en el heroísmo místico de Herzog, al que recuerda “iluminado” en todo momento, y reconoce humilde su único pensamiento en la cima: “Yo, por mi parte, sólo quería descender, y por esa razón conservé la cabeza sobre los hombros”. Esto niega la versión de Herzog, quien deja entrever en su relato a un Lachenal que había perdido la cabeza descendiendo muy rápido. Lo cierto es que Lachenal sabe que sus “[mis] pies se estaban congelando y la cima [me] los iba a cortar”. Lo más dramático es que no se equivocaba.

Terray revive el opresivo silencio del Himalaya durante el desordenado y caótico descenso: “Dispuesto a morir pero en modo alguno quería convertirme en un lisiado… ¿Qué iba a ser de mí en la tierra convertido en un tullido? ¿Qué iba a hacer si para mí nada cuenta de verdad fuera de mi oficio?”. Ahí radica la diferencia entre un héroe –dispuesto a sacrificar su vida si es necesario pero bajo condiciones de excepcionalidad- y un jugador –dispuesto a jugársela a todo o nada sin más.

En la película de Ichac, Victoire sur l'Annapurna, se ve a Terray y Rébuffat regresar cegados por la nieve; a Herzog aún con fuerzas para hablar apoyado sobre un sherpa; a Lachenal, andando a duras penas entre dos sherpas, incapaz de hablar y con una mueca de pavor y nihilismo que ha transfigurado su rostro, en la mirada perdida hay tanta incertidumbre como perplejidad. Después, al ser llevado a espaldas de los sherpas y tener que cruzar estrechos puentes de madera colgante o empinados descensos, no ha desaparecido el estupor. Son esas imágenes, que tensan la emoción de quien las ve, las que hacen indiscutible y cierto lo escrito en los diarios por Lachenal. Al final de la película se ve una vez más a Herzog, alejándose sobre una improvisada litera a hombros de los sherpas, con una sonrisa alucinada y diabólica.

La historia podría haber quedado así, convirtiendo en héroes a dos tullidos y una suerte antagónica en sus vidas posteriores. Herzog, un hombre de éxito, capaz de mantener múltiples equilibrios en los juegos de palancas del poder, que se había librado de la muerte en el ascenso gracias a Lachenal y en el descenso gracias a Terray y Rébuffat. Y Lachenal, un guía de montaña disminuido, un escalador sin pies, en palabras de Terray, “un águila con las alas cortadas”. Pero el asunto de cordada de Lachenal tiene aún un epílogo penoso.

En 1956, tras la muerte de Lachenal el año anterior, el hermano de Herzog, Gérard, y Lucien Devies, jerarca rector del alpinismo francés, amputan los diarios de Lachenal para preservar la leyenda y fijan las cuerdas de una sórdida manipulación. Es difícil creer que Momo, como llamaba Lachenal a Herzog, desconozca esta manipulación porque uno es su hermano y el otro, su mentor y defensor. Visto desde hoy es un acto tan pueril como inútil, de maldad o estupidez o de ambas cosas. Se trata de una ingratitud póstuma que hasta mediados de los años 90 no se desvela con la publicación íntegra de los Carnets du Annapurna de Lachenal. En ellos descubrimos no a un héroe trágico aceptando estoico su destino y la venganza del Annapurna, sino a un alpinista mutilado, sufriente y decepcionado para quien la conquista del Annapurna no ha merecido la pena. Esa conquista ni siquiera la considera a la altura de alguna de las realizadas en los Alpes por él y Terray. Lachenal no odió ni culpó jamás a Herzog. No le hizo responsable de sus mutilaciones, como prueba al escribir en su diario cuánto deseaba que pudiesen escalar juntos, cosa que acaban haciendo en las paredes del Monte Rosa.

En la primera ascensión al Annapurna no hay un drama shakesperiano de traición, envidia y venganza como en el K2 (cuando Compagnoni y Lacedelli obligaron a Bonatti y Madhi a un vivac homicida a 8.1000 metros, cambiando el lugar del último campo de donde habían acordado, para que no compitieran con ellos en llegar a la cima) sino una historia de abismal ingratitud, decepción y falsa grandeur. El libro de Herzog, que ha influido en cientos de miles de personas para salir a la montaña, es una narración exaltada del compañerismo, los ideales alpinos y la patria. Así que cuando se desvela que lo que se castra de los textos de Lachenal son las líneas de decepción, amargura, las debilidades patrióticas o las frases más críticas o sarcásticas, uno lamenta tanto que Herzog sea, al fin y al cabo, tan malagradecido y egocéntrico como trágico el destino de Lachenal. Cuando Terray escribe, con la frialdad de la distancia de los años, contra quienes al escalar lo hacen “impulsados por un secreto deseo de ser el elegido para la victoria, y adoptan un comportamiento demasiado individualista”, es inevitable identificar a Herzog.

A la muerte de Rébuffat, en 1985, se conoció la existencia de otra fotografía que había mantenido oculta en su archivo personal, hecha también por Lachenal en la cumbre. En ella se ve a Herzog con los brazos en alto y con otra bandera, no la francesa, sino de la empresa donde trabajaba y que financió una parte de la expedición. Esa fotografía y la amputación de los diarios de Lachenal hace que visto desde hoy Herzog sea un vanguardista de la mercantilización de los logros; un adelantado visionario del relativismo ético y el darwinismo social de nuestro tiempo; un prestidigitador del doble discurso capaz de escribir (y hablar) de altruismo, compañerismo, sacrificio y patria mientras oculta a los ojos de todos, como un tahúr, la jugada ganadora: piensa en la gloria sí, pero en la suya. Y visto desde hoy Herzog también es un pulcro cínico al escribir en su libro: “Todos estábamos dispuestos al sacrificio para obtener este resultado”. Lachenal, de manera evidente, le desmentía en su diario, lo que tampoco es tan terrible; y así fue como se hizo necesaria, para los hermanos Herzog y Devies, una nueva dimensión donde no hubiese contradicción entre los beneficiarios de la gloria y su principal damnificado. El que vive se queda con toda la verdad.

En 2000 David Roberts en su libro True Summit vuelve a la historia de aquella expedición. Roberts, montañero reconocido, no es un revisionista en busca de popularidad ni odia a Herzog (en 1980 escribió que Annapurna. Primer 8000 era el libro de montaña más importante jamás escrito). El libro de Roberts apunta a las contradicciones entre la versión oficial y lo ocurrido en realidad, pero es contrarrestado sin ahogos por un grupo liderado por Jean Michel Asselin, redactor jefe de la revista Vertical, que sale en defensa de Herzog y la leyenda. Asselin se carga de razón cuando escribe: “Que la leyenda no corresponde exactamente con la realidad. ¡Menudo descubrimiento!”. La clave no son las divergencias de las versiones de un mismo hecho, no pueden serlo en una sociedad como la nuestra capaz de asumir contradicciones mucho más sangrantes entre verdad y mentira. La clave es la manipulación de los hechos que conforman la memoria colectiva para un beneficio partidista y privativo.

A la vuelta del Annapurna Lachenal no quiere compasión y se encierra en sí mismo, taciturno, ansioso y melancólico. Está aterrorizado por no saber si podrá volver a ejercer su profesión. Lo peor es que tiene muy dañados los talones. Sin dedos de los pies se puede escalar pero para ello necesita la base de los dedos y los talones. Lo que mantiene intacto Lachenal es su carácter y pone todo su empeño en la recuperación. Conversa durante horas con los médicos, aprende anatomía, se hace especialista de sus daños y acaba discutiendo con el cirujano los detalles de las intervenciones; y para que no haya duda en la mesa de operaciones se cuelga del cuello carteles con esquemas, ordenes y objetivos de cada intervención: “Cortar…, limar tres centímetros…, coser hacia arriba y no hacia abajo…”. O dibuja en sus piernas las partes que han de ser tratadas.

Un día al salir del hospital le espera Adéle con una sorpresa. Para reducir las incomodidades de las numerosas y penosas visitas al hospital de Neuilly, Adéle ha comprado un automóvil, un 2CV. Lachenal se imita a sí mismo, todo lo hace con tanto ímpetu e impaciencia como honestidad y audacia; y pronto consigue el carné de conducir rodeado de periodistas que no permiten al examinador suspenderle por temerario. Conducir es el sucedáneo de la intensidad emocional que le ha proporcionado la montaña. Lachenal se reencarna en el profeta de la conducción. Fiel a su carácter, el hombre que ha desmaterializado la escalada, insiste en explicar su único mandamiento: “Sólo tienes que pisar el pedal a fondo”. Estamos de nuevo ante la velocidad Lachenal.

Según, el mítico alpinista, Reinhold Messner: “No existe una enfermedad de las montañas más difícil de soportar que la falta de ellas”. Lachenal se confronta al vacío de sus vivencias en la montaña y se vuelca en la velocidad, acosado por su ansia existencial, hasta el límite de las leyes físicas y de las posibilidades mecánicas de sus automóviles. Como el pie derecho le produce dolores al mantener pisado el acelerador, decide modificar su estrategia: cuando logra suficiente velocidad coloca un ladrillo en el acelerador. Ya no conducirá nunca sin un ladrillo. Y pasa poco tiempo antes de que el profeta se quede sin discípulos, nadie quiere acompañarle mientras conduce y los pocos que lo hacen no repiten la experiencia. Lachenal sufre bastantes accidentes, destruye un buen número de coches, y siempre sale ileso sin traicionar su ley de no levantar el pie, o el ladrillo, del acelerador. Lachenal parece apurar todas las vidas salvadas en el Annapurna y en todas las dimensiones posibles.

Lachenal no es un alpinista de conquistas sino de vivencias y es por lo que siente una infinita nostalgia de la escalada. Vuelve a escalar en solitario y regresa a veces eufórico o, las más de ellas, taciturno. No permite que nadie comparta su lentitud. Con treinta años acepta realizar un viaje, como poco, singular. Le ofrecen dar nada menos que cincuenta y cuatro conferencias en dos meses en el Congo Belga [Zaire entre 1971 y 1999, hoy República Democrática del Congo]. Lo cierto es que Lachenal medita ascender en el Valle del Rift, muy lejos de Chamonix y sin nadie que sienta lástima por él, al Ruwenzori, de 5.215 metros. Aun sin presentar grandes dificultades técnicas, esa penosa ascensión le libera del gélido sentimiento de invalidez y de la ventisca de las dudas. De regreso a Chamonix vuelve a escalar en roca, consciente de que ha perdido mucho de forma definitiva. No quiere ni puede renunciar al alpinismo. En una prueba de superación técnica y emocional escala, a lo grande, ataca y conquista la arista Sur de la Aguja Noire de Peuterey. Mientras sigue la rehabilitación y continúan las molestias, renace el escalador sobre el símbolo; un Lachenal eléctrico e inflamado recupera los horarios Lachenal.

Pero la fatalidad hace tiempo que es la sombra de Lachenal y cuando baja esquiando, en una situación meteorológica extrema, por el Valle Blanche hacia Montevers, ante los ojos de su amigo Jean Payot, que en principio se ha negado a acompañarle, le ve desaparecer –como sucede al observar una catástrofe sin formar parte de ella- con pavor e incredulidad. Ha caído en una grieta de treinta metros de profundidad y se ha roto la nuca. Es el 25 de noviembre de 1955.

Buena parte de la prensa francesa en el 40 y el 50 aniversario de la conquista del Annapurna reivindicó y explicó que Herzog no llegó a la cumbre solo, que hubo otro gran alpinista en la cima. ¿Qué ocurre desde 1956 a 1990 o 2000 para que sea necesario repescar del olvido lo que debería ser un lugar común? ¿Qué tipo de codicia incautó los hechos indiscutibles del ascenso al Annapurna e hipnotizó la memoria colectiva? La mayoría de las polémicas han sido estériles: no hay caso Annapurna porque no hay prueba alguna de que no llegasen a la cumbre, Lachenal lo hubiese dicho y Herzog estaba demasiado obsesionado por ella como para tramar ese engaño. Tampoco hay un caso Lachenal porque no hay verdad que desvelar (el K2 y el caso Bonatti) ni que desenterrar (el Nanga Parbat y el caso Messner) o irresuelta por los siglos (el Everest y el caso Mallory). A la memoria de Lachenal hay quien le deberá siempre disculpas históricas.

A Lachenal le debemos la espontánea reacción de preservar la verdad y preservar la generosidad y honestidad de un gran alpinista: “Si subí hasta la cima no fue por una cuestión de prestigio nacional. Fue por un asunto de cordada”. Lachenal decidió en uno de los momentos cruciales de su vida, como hacemos todos, y luego asumió las consecuencias que sin duda padeció. Existe una frase del pensador presocrático Heráclito, compuesta sólo por tres palabras, que ha fascinado durante siglos por su complejidad y contradicción a generaciones de pensadores: “Carácter es destino”.