martes, diciembre 27

Mingma Nuru Sherpa



Mingma, el sherpa que nació en jueves, al que seguía literalmente por el Himalaya, paso a paso, tenía la habilidad de hablarme sólo cuando yo quería hablar. A veces tenía que esforzarme en el silencio frente a la inmensidad, en cambio para él todo era normal, incluso la incontenible necedad de alguna acompañante.

Mingma no sentía la excepcionalidad de vivir allí como si el resto del planeta fuese acaso comparable. Cuando le veía rezar sus mantras budistas mientras subíamos las montañas me quedaba al lado en silencio y caminaba tan despacio como él, con menos eficacia pero con la suficiente exactitud como para modificar mi manera de moverme por las pendientes. Él pensaba que los nepalíes son demasiados pobres y suficientemente felices a pesar de todo. Yo que nosotros somos demasiados infelices por perseguir demasidas cosas o quizás solo perseguimos por perseguir y seguimos por seguir.

Mingma me hablaba de la muerte en la montaña con la misma calma y normalidad con la que miraba los atardeceres o me señalaba las cumbres, nunca miraba un mapa, tenía las montañas en la cabeza y necesitaba hacer memoria para saber sin nubes o con tanta nieve cuales podían ser los siete miles o los seis miles, los cinco miles que nosotros reverenciariamos de tener uno solo en Europa eran demasiados y quizás no tenían nombres, ni siquiera aparecían las cotas en los mapas…

Hablamos de subir el Mera Peak en 2007, cuando le enseñe el mapa lo miro con atención unos instantes, me dijo que no lo necesitaba, me di cuenta de que era cierto, no sabía leer pero tiene las montañas en la cabeza. Se reía mientras se señalaba con el índice el cráneo.

Luego me he dado cuenta de que eso que nos asombra tanto: morir en la montaña; es mucho menos absurdo que morir en las carreteras, esa forma de la muerte y que observamos con total indiferencia si no hastío.

lunes, diciembre 26

Fútbol es fútbol

Fútbol es fútbol (el Manaslu al fondo)

viernes, diciembre 16

La desconcertante inmensidad

Gangapurna desde Thorong Pedi

Es, sin duda, el desconcertante espectáculo de la inmensidad del Himalaya el que hace que una vez inmerso en él, sujeto al ciclo diario de la luz solar y la noche, andando decenas de kilómetros, pudiendo escuchar los sonidos de la naturaleza, de los ríos o el viento en los árboles, el frío afilado, el calor de un descanso bebiendo un suave té, o gracias al aprendizaje de cómo caminar entre esas montañas, paso a paso, más cortos, más despacio. Quizás todo y esa experiencia sensorial ampliada que permiten las montañas sea lo que haga que la ansiedad disminuya, los estados de ánimos se hagan menos turbulentos, se adquieran nuevas perspectivas ante los problemas, en definitiva se reduzca la ansiedad por el deseo de lo que dejamos atrás, de lo que queremos de hoy y lo que esperamos de mañana.

He visto, y conocido por los caminos alrededor del Annapurna, a gente occidental buscando algo indeterminado, todo el mundo parecía tener una razón para estar precisamente allí y no en cualquier otro lugar del planeta y parecer esperar encontrar algo... una búsqueda silenciosa y expectante; y muchos por lo que me dijeron lo fueron encontrando, yo también. Es un re-encuentro personal...

Pero ahora en la ciudad esa calma se va diluyendo... ha vuelto el deseo. Nuestra capacidad de desear no es sólo lo que necesitamos hoy, sino la nostalgia del ayer y lo que ambicionamos para mañana. El budismo elije como culpable de nuestras busquedas incansables a nuestra capacidad de discernir, recordar y desear: nuestra mente. Es ella la que se apodera de nuestros pensamientos, en realidad no disponemos de ella si no que ella dispone de los pensamientos.

Después de años de filosofía racional no parece que controlemos nuestra mente sino que ella nos crea a nosotros. Decir que no pensamos como forma de ser va radicalmente en contra del dualismo cartesiano, al decir que somos pensados por nuestra mente es otro universo ¿o es la exaltación definitiva de la conciencia cartesiana?

Según la psicología budista nuestra mente se encuentra permanentemente diversificada por incontables pensamientos en constante ebullición que diluyen la percepción exacta de nuestra identidad hasta no reconocernos. Por eso el Himalaya, el silencio, la inabarcable naturaleza reduce esa diversificación interminable de ocupaciones mentales y nos permite centrarnos en algo tan simple como reconocernos; y con ello, plantearnos preguntas simples como ¿qué es lo que quiero realmente? ¿Quién o que me mueve a actuar? ¿Qué o quién es lo que realmente merece mi esfuerzo? Y, acaso lo más dramático, obligarnos a darnos una respuesta.

martes, diciembre 6

Cuando la distancia no es suficiente

Cuando la distancia no es suficiente, cuando el maratón deja de hacerte sentir tanto es cuando se descubre la montaña, tanta energía como en horizontal con el espectáculo extraordinario de la altitud. Todo lo vivido y aprendido con el maratón es imprescindible para la montaña: capacidad de sufrimiento, fortaleza psicológica, determinación inquebrantable, aliento después del aliento... cuando hayas alcanzado la meta y te siga faltando algo inmaterial, algo que se persigue a ciegas y que no se acaba de alcanzar, ve a la montaña... probablemente no encontraras lo que buscas allí tampoco pero estarás más cerca...


Thorong La (5.416)
Himalaya. Nepal

12 nov 05

lunes, diciembre 5

sin tópicos

Nepal exige (lejos de los tópicos setentones) sea en los valles subtropicales o en el Himalaya, el esfuerzo disciplinado e impávido por dejar atrás las categorías habituales de comprensión sin esfuerzo ni acaso premeditación y aceptar la imprescindible serenidad que ofrece, sin coste alguno, el budismo nepalí; y es entonces cuando mucho del equipaje occidental pierde su necesidad y utilidad.


Katmandu. Templo de Swayambhunath