Mingma Nuru Sherpa

Mingma, el sherpa que nació en jueves, al que seguía literalmente por el Himalaya, paso a paso, tenía la habilidad de hablarme sólo cuando yo quería hablar. A veces tenía que esforzarme en el silencio frente a la inmensidad, en cambio para él todo era normal, incluso la incontenible necedad de alguna acompañante.
Mingma no sentía la excepcionalidad de vivir allí como si el resto del planeta fuese acaso comparable. Cuando le veía rezar sus mantras budistas mientras subíamos las montañas me quedaba al lado en silencio y caminaba tan despacio como él, con menos eficacia pero con la suficiente exactitud como para modificar mi manera de moverme por las pendientes. Él pensaba que los nepalíes son demasiados pobres y suficientemente felices a pesar de todo. Yo que nosotros somos demasiados infelices por perseguir demasidas cosas o quizás solo perseguimos por perseguir y seguimos por seguir.
Mingma me hablaba de la muerte
en la montaña con la misma calma y normalidad con la que miraba los atardeceres o me señalaba las cumbres, nunca miraba un mapa, tenía las montañas en la cabeza y necesitaba hacer memoria para saber sin nubes o con tanta nieve cuales podían ser los siete miles o los seis miles, los cinco miles que nosotros reverenciariamos de tener uno solo en Europa eran demasiados y quizás no tenían nombres, ni siquiera aparecían las cotas en los mapas…
Hablamos de subir el Mera Peak en 2007, cuando le enseñe el mapa lo miro con atención unos instantes, me dijo que no lo necesitaba, me di cuenta de que era cierto, no sabía leer pero tiene las montañas en la cabeza. Se reía mientras se señalaba con el índice el cráneo.
Luego me he dado cuenta de que eso que nos asombra tanto: morir en la montaña; es mucho menos absurdo que morir en las carreteras, esa forma de la muerte y que observamos con total indiferencia si no hastío.



