Hay que imaginarse a Sísifo feliz

La frase de Albert Camus: "Il faut imaginer Sisyphe heureux" enlaza con el Edipo de Sófocles, con el Kirilov de Dostoievsky, incluso con la conquista de lo inútil de Terray, en definitiva, es la expresión perfecta de la victoria absurda; y, no menos, del fracaso absurdo.
La parte trágica es ya hoy escasa y reservada a unos pocos -lo común se debe menos al arrojo por el límite que a la estupidez o el exceso de confianza- es por ello que Jean-Christophe Lafaille es un héroe trágico clásico. Alguien que se mata bajando por unas escaleras, es simplemente un desgraciado o un patán. Como escribe Camus, “lo trágico de este mito estriba en que su héroe es consciente”, Lafaille sabía que de sucederle cualquier cosa por encima de los sietemil nadie le podría ayudar. Gran parte del atractivo casi irrepetible que ofrece la alta montaña es que el destino nos pertenece, no se comparte, ni siquiera con el compañero de cordada.
Los dioses clásicos, poseedores de todos los defectos humanos, nos retan y vigilan en la subida pero también en los descensos. Por eso pertenecemos a la montaña hasta que la hemos descendido, donde el reto no disminuye, ni el peligro.Volver a pensar en luchar por subir nos llena de energías, de voluntad y dominio. Es un absurdo excepcional. No tenemos que imaginarnos felices, diría que somos Sísifos felices. No hay mejor prueba que la inquietud que se palpa de madrugada en los grupos indecisos a salir o no, a tentar el viento o la tormenta que amenazan pero no estallan para no dar opciones; siempre se sale y luego se ha devolver con el aliento del abandono en la nuca. Cada ascenso es un renovado compromiso con el absurdo que nos permite ser dueños al cien por cien -cada segundo- de nuestra existencia, eso no se consigue en las ciudades, arrastrados en un torrente de inercia inconsciente, desasosegante y voluble. Luego al pie de la montaña nos volvemos a re-encontrar a nosotros mismos; y ocurre que tras dieciséis horas de esfuerzo nos parece increíble haberlo logrado, sentimos como si hubiese sido otro. El esfuerzo basta como recompensa (a veces).
No se descubre lo absurdo, la afición por los dolores inútiles, el agotamiento, sin sentirse tentado a escribir algún tratado de la satisfacción.







