¿Es razonable suponer que gran parte de las razones y emociones de los primeros alpinistas al ascender montañas sean semejantes a las de los actuales miles que se acercan a los campamentos o refugios con el objetivo de repetir vías ya transitadas? ¿La parte heroica es individual y la épica de aquellos primeros? Bonatti, uno de los escaladores legendarios más soberbios, desprecia en sus libros a los repetidores de vías por falta de sentido. Él que ha tenido la fortuna de sobrevivirse a sí mismo, a su leyenda y al instinto de autodestrucción tras su experiencia con poco más de veinte años en el primer ascenso del K2, como mito puede despreciar a todos aquellos que repiten las vías que él hizo con más medios, más rápido y sin exponerse con tanta desventaja a la montaña como él lo hizo. Pocos pueden abrir ya vías nuevas en los Alpes y se dedican a las gestas del récord. Los ochomiles están, de desigual forma, unos más y otros menos, domesticados y también se persigue el record de forma bulímica. Este año más de 500 personas han hecho cumbre, gracias a las buenas condiciones climáticas, en el Everest aunque también se han dado casos inhumanos (o demasiado humano, seamos honestos) como el de un hombre, David Sharp, que murió tras varias horas de agonía y tras pasar a su lado, no muy lejos de la cumbre, tres decenas de alpinistas comerciales y sherpas profesionales sin prestarle ayuda a 8.400 metros de altitud. La mayoría de los que pasaron a su lado irían aterrorizados, serían igual de inexpertos y aunque hubiesen hecho algo no habría servido de nada a esa altura. Pero ni lo intentaron. No recuerdo a que visionario imbécil leí que a partir de los 5.000 metros se acaba la filantropía (o las hermanitas de la caridad). Sé a que se refería. En una ocasión, por encima de los 5.300 tuve la tentación de no ayudar a una estúpida que no debería haber pasado nunca de los 2.000 (durante la noche el frontal de buceo (sic) que llevaba se había congelado), la vi caer agotada de espaldas hacia mí, pero la agarré de la mochila y la mantuve en pie y equilibrio. No entraron en juego los valores, ni la ética ni lo que pudiese sentir, no pensé solo actué, supe que si yo me apartaba y no la asía con fuerza caería varias decenas de metros dando tumbos. La agarré, la sostuve, no me dijo nada ni yo lo esperé. Seguimos subiendo. Ni lo recordará, ni a mí me importa.
Los “record” de este año en el Everest rozan lo extravagantemente inhumano o demente. Un sherpa permaneció tres minutos desnudo en la cumbre. Parece más que probable que la muerte del inexperto Sharp fue grabada mientras agonizaba por algunos que dicen haberle ayudado (pero no lo suficiente). Está confirmado que habrá un documental de Discovery Channel que incluirá una entrevista al agonizante Sharp; me pregunto si tendrá derechos de autor. Incluso un sherpa habría batido el record absoluto de repeticiones de ascensos al Everest (14 veces); y otro ser humano logrado el record de velocidad de ascenso sin oxígeno (16 horas y 42 minutos). ¿Para qué? ¿Tan rentable será aparecer en el libro Guiness?
Es cierto, probablemente no tengo razón con la pregunta retóricamente afirmativa del inicio de este comentario, ¿Qué tienen ya en común Mallory, Irving, Hillary, Tenzing con los nuevos montañeros? ¿Qué tengo en común con ellos? Nada. ¿Por qué lo hacemos entonces? Difícil de contestar. Ni idea. Cada vez más preguntas y menos respuestas: desalentador.