Un catedrático de Filosofía -con el cual sigo teniendo una buena relación- me decía no hace mucho: "ya todo es cultura, no hay naturaleza, incluso la reproducción para preservar la especie va camino de ser cultura". Es cierto que la biología natural, si no es redundante o contradictorio, es muy posible que vaya camino de ser pronto solo cultura.
En los orígenes de las primeras formas culturales la naturaleza era todo para el hombre y de ese pavor frente a los fenómenos naturales surgieron las primeras formas de adoración a los elementos y los rudimentos de lo que hoy entendemos como una religión. Poco a poco, gracias a la técnica, comienzan a desarrollarse formas de sobrevivir al pavor natural, que tarda miles de años en comenzarse a controlar.
A partir de la Ilustración y gracias a la racionalismo, la técnica se convierte en la palanca emancipatoria del hombre frente a la naturaleza. La cultura arranca al ser humano de su primitvidad y le sitúa en un estadio nuevo: de dominio. La cultura, en su sentido más amplio, es por tanto antinatural.
Hoy en día la naturaleza física está amenazada y probablemente, a pesar del necio optimismo postcapitalista neoliberal, la naturaleza ha perdido su capacidad de recuperación frente a los excesos del consumo y la técnica, lo que inevitablemente parece pronosticar una desaparición de la especie en un futuro no demasiado lejano (biológicamente estamos condenados a desaparecer y la cultura es un acelerador de esa desaparición hoy por hoy).
El padel, el golf, el jockey, el baloncesto, el fútbol (en muchos de estos deportes el nacionalismo al que están asociados es pura cultura) no son más que variaciones culturales. El alpinismo (1), la escalada, la carrera de velocidad o fondo, el boxeo son una forma de conexión directa con nuestros orígenes e inconsciente colectivo, por debajo de las capas conscientes, afloran emociones originarias, primitivas y únicas que han sentido centenares de generaciones porque tiene que ver con vivir, con pelear, con la subsistencia, escalar o trepar para huir de ser devorado, correr para cazar y no morir de inanición o para volver a sobrevivir. Eso es lo realmente inimitable de subir montañas y correr maratón: pura naturaleza; el cómo lo hacemos cada uno es cultura.
Las sensaciones que se destilan mezcladas con la adrenalina, agarrado a la roca con pies y manos en la Pedriza reproduce por unos instantes el cordón umbilical inmaterial con nuestro inconsciente colectivo ante el peligro, la sombra de la catastrofe, la soledad de un ser en la naturaleza dependiendo solo de sí mismo.
Un buitre pasa proyectando la sombra de su vuelo sobre el granito... silencio.
(1): Tras la Segunda Guerra Mundial el alpinismo y la conquista de los ochomiles estraron en la órbita de la cultura del nacionalismo patriótico, en mi opinión la carrera por los ochomiles fue la Primera Guerra Fría, por un lado: EEUU, Francia e Inglaterra -desde luego Suiza también- y por otro los vencidos: Italia, Austria y Alemania; y sucedió mucho antes de la carrera armamentística entre el bloque comunista y el capitalista.