Le señalé a Kamil la escasa huella que yo había podido abrir en la nieve dura para que la siguiera, entonces como si despertara de un remoto letargo me dijo:
- Por ahí no puedo subir.
- ...
Me quedé sin capacidad de respuesta. Perdí la oportunidad de desanimarle. Parecía obvio que no iba a desistir aunque le intentase persuadir para darse la vuelta, es posible que hubiese sido injusto con él, a tan sólo un decena de metros de desnivel. Nada en sus gestos o la posición de su cuerpo apuntaba ladera abajo o rebelaba signo alguno de duda o vacilación. Sencillo, él no veía el fin de la subida y tampoco le preocupaba si estaba aún lejos. Tuve la sensación de que era como si para Kamil no existiese ni el pasado, lo que acaba de hacer los últimos minutos parecía lejos o se había volatilizado, y tampoco le importase el futuro más allá de los siguientes diez o doce pasos parecía ser lo único que procesaba su mirada. Parecía ser capaz de vivir solo un segundo tras otro sin más. No supe que decirle mientras no dejaba de mirarme con una expresión que yo no era capaz de decodificar. Carles me gritó, desde arriba, para que Kamil subiera en la dirección en la que se encontraba él, avisando de las piedras que le facilitarían el camino.
Le volví a decir algo, supongo que decidí animarle ya que había decidido no hacerle desistir.
- No entiendo bien español.
- Déjalo... allí arriba hay roca... - le dije señalando hacia Carles.
Pocos podrían creer la historia de Kamil así que le pedí a Carles que nos hiciese una fotografía. Luego, tras palmearle la espalda varias veces, le dejamos atrás subiendo. Por muy poco dinero que tuviese Kamil comprar unas botas está al alcance de cualquiera. Por tanto, no hay razón objetiva para ir en zapatillas. Puede haber muchas razones que expliquen porque iba solo, otra estupidez en la montaña, pero no lo del calzado. Incluso hay que reconocerle la fuerza fisica y mental necesaria para ir en zapatillas sin dibujo por el glaciar pero sobre todo a la hora de encarar las pendientes.
En el Himalaya he visto subir a 5.400 metros cargados con 40 kilos a porteadores profesionales, por tanto es posible relativizar lo hecho por Kamil; la diferencia es que en los ojos de los porteadores vi el temor a las caídas, la preocupación por la ceguera de la nieve, la concentración cosntante en el siguiente paso; y sobre todo que lo habían hecho centenares de veces y realmente que con sus recursos no era prioritario comprarse una botas.
Lo dicho le dejamos subiendo y a lo largo del glaciar echábamos la vista atrás creyendo identificar un punto que se movía. No, no se movía. A la vuelta en el Portillón, seguimos sin ver nada. Allí tuvimos la certeza de que íbamos a llegar de noche al refugio y que a él se le haría de noche antes de llegar al Portillón. En la bajada al refugio me caí en un par de ocasiones al pisar hielo completamente transparente, cansados y algo deshidratos llegamos en tinieblas. Había un grupo de franceses y antes de irnos les dijimos que un estudiante checho andaba por la montaña en zapatillas y solo. Sí, solo. Creo que nos creyeron.
Durante la cena, ya en Benasque., no dejamos de pensar dónde estaría Kamil. A ratos dudamos y discutimos en cómo organizar dentro del sentido común el comportamiento de Kamille en la montaña: si pensar que estaba loco o era idiota o un crack del alpinismo incomprendido.