domingo, diciembre 17

Una médico en el Himalaya

Hace unos días escuché a un compañero de trabajo que afirmaba con convicción: “la salud es mucho más que la medicina” y yo pensé que la medicina es mucho más que los médicos. Viene a cuento esto de la ocasión en la que en el oeste de Nepal, en la zona controlada durante más de una década por los maoístas, en un alto para comer, se acercó una mujer a Mingma para preguntarle si podíamos darle medicinas para su hijo.

Los habitantes cerca de las zonas de trekking y alpinismo saben de sobra que cada occidental lleva un buen botiquín. Los porteadores debieron interesarse por lo que le ocurría al niño y vinieron a nosotros con la idea de que C., uno de los cuatro que íbamos en el grupo, médica de familia y MIR en medicina interna, ayudase al niño. C. hizo un mohín, casi imperceptible, de disgusto –pensé que la malinterpretaba y aquella mueca debía significar cualquier otra cosa. C. dejó la taza de té sobre la mesa y de su mochila sacó unos de los muchos guantes de latex que llevaba. Salió del pequeño lodge al exterior soleado y al cabo de un rato volvió resoplando y con el asco y la contrariedad incrustados en el gesto. Mientras decía sin dirigirse a nadie en concreto, como si pretendiese consolarse a sí misma,“que mal rollo” agitaba la mano como si anduviese dislocada de la muñeca. C. intentaba, sin que se le borrase aquella mueca, sobreponerse a lo que acababa de ver: una enorme llaga infectada en el trasero del niño. Tomó aire y resopló más fuerte. No dudé de que estaba buscando energías internas pensando en cómo curar al niño con el botiquín, enorme pero limitado, que llevaba. Supuse que rastreaba mentalmente qué medicamento usar o cómo conseguir lo necesario para desinfectar la enorme herida. Cuando me cercioré de que las cremas que C. llevaba en la mano eran para dárselas a la madre y que el enésimo resoplido sólo significaba que no iba atenderle, me quedé mudo ante la perpleja obviedad de cómo un médico del primer mundo se escaqueaba de curar, incluso de un primer auxilio básico, a un niño rural y miserable.

Hasta entonces el ejercicio de la Medicina lo tenía asociado a una idea extrema de responsabilidad, de ética, de compromiso a tiempo completo. Jamás olvidaré como un amigo de una amiga, Jesús Castellanos, que estudiaba Medicina hace veinte años (cuando yo no había hecho ni COU) me dijo que como no se sabía adecuadamente una asignatura de Medicina la pensaba dejar para septiembre. Cuando le pregunté si no podría aprobarla me afirmó que sí, que si se presentaba podría aprobarla. ¿Y entonces? inquirí. Jesús me respondió algo qu eno olvidaré nunca: “cuando atienda a alguien en el futuro de los ojos no podré decirle que no estudié esa parte lo suficiente.

Cuando C. entregó las cremas a la madre y le dio la espalda al grupo volvió a resoplar vaciándose de angustia y llenándose de alivio. No me avergonzé de C., a pesar de que su acto como poco reflejaba cobardía y pereza. Ella quizás lo haya hoy olvidado, o no; y tendrá que cargar siempre con esa pasividad. Como diría un budista, "mucho peor para ella".

Me sentí mal, es cierto, y no por C. si no porque me di cuenta lo que somos de verdad en conjunto el ser humano es la consecuencia de la suma de miles de actos individuales casi tan imperceptibles como miserables .

martes, diciembre 12

COTA CERO: Simplificando la experiencia...(y 4)

Espero que algún día desde un movimiento purista, yo lanzo la idea desde ya, se promuevan las ascensiones desde cotas cero. La mayoría de las ascensiones que hacemos a las montañas suponen salvar desniveles reales de entre 600 y 1.200 metros como máximo. Siempre se utiliza el coche para llegar al punto más cercano posible antes de dar el primer paso. Me pregunto que mérito tiene subir, p.e. el Mont Blanc, si ni siquiera se sube a pie desde Chamonix hasta el primer refugio según cada vía, si se puede llegar hasta el Aguille d´Midi a 3.800 metros con teleférico o por la vía de Gouter en tren cremallera a algo menos de altitud. El que quiera ser auténtico que lo haga desde lo más abajo posible.

lunes, diciembre 11

Simplificando la experiencia...(3)

En el último número de diciembre de Desnivel aparece un breve reportaje sobre Terra Incognita de la asociación Mountain Wilderness y en el titular aparece como “Una propuesta <>”. Básicamente se trata de una propuesta de simplificación de la experiencia en la montaña, renunciando a cualquier forma de documentación previa, mapas, brújulas, GPS y no informar de la ruta realizada a posteriori.

Se trata de “decidir la ruta in situ” y renunciar a cualquier accesorio que no sea desarrollar el instinto y las habilidades personales en la montaña, mantener la incertidumbre, conservar la esencias de los retos y dificultades. Mountain Wilderness se posiciona contra “el montañismo envasado” y la defensa de la “naturaleza libre y virgen, no modificada por la actividad humana”. Estando completamente de acuerdo con el punto de partida da que pensar sobre el estado de nuestra relación con la naturaleza que reivindicar esta forma de afrontar la relación con las montañas sea ya hoy algo “salvaje”.

La defensa de la naturaleza libre y virgen se me antoja más una declaración de buenas intenciones que una posibilidad factible, hoy ya apenas queda naturaleza (incluso la reproducción va camino de convertirse en un hecho cultural) y todo es cultura. [El éxito del capitalismo (Marx pensó que se colapsaría en una de sus crisis) frente a los modelos socialistas ha sido, de verdad, que el primero apela al egoísmo básico humano frente al segundo que en sus inicios apelaba al altruísmo. Lo común es el egoísmo y el altruísmo es un refinamiento civilizatorio, pero evolutivamente estamos más en los inicios que en la madurez. Nuestro modelo ecónomico entiende la naturaleza como un recurso sin coste, en términos empresariales esos costes naturales no se reflejan en las cuentas de resultados sino que se externalizan a la sociedad sin que desaparezcan y, por tanto, nadie duda en el beneficio de destruir laderas de montañas o parajes (ni los propietarios ni las administraciones)].

Recuperar la simplicidad es siempre una buena noticia.

Mountain Wilderness de Ayllón, Guadarrama y Gredos http://www.mountainwilderness-agg.org/
http://www.mountainwilderness.org/
http://www.mountainwildernesscatalunya.org/

domingo, diciembre 10

Simplificando la experiencia...(2)

No hace mucho escribía de Kamil, ese checho que nos encontramos en el Aneto subiendo en zapatillas de tenis; después de hablar mucho sobre él Carles y yo, diría que Kamil parecía haber alcanzado ese estado mental que los grandes yoghis llaman “conciencia cataléptica” donde la mente se hace inmune a los sentidos e incluso a la propia realidad. Dejando a parte las sustratos intelectuales de fondo de Kamil, su experiencia de relación con la montaña -hay que reconocerlo- es completamente honesta. La manera de ir a la montaña de Kamil, es cierto, extrema (conscientemente o no) la práctica del montañismo incrementando (conscientemente o no) el riesgo para conseguir (conscientemente o no) una experiencia directa con la naturaleza. Por contra, los sobrequipados hacen de la vivencia de la montaña una ficción, un hobby, el riesgo sólo vendrá de sus limitaciones personales según que vías se sientan (in)capaces de afrontar (1).

En la experiencia del maratón, hay muchos ejemplos en este blog, el equipo adquirido no ayuda nada desde el primer metro y unos cuantos kilómetros de carrera ponen con rapidez a todo el mundo en su sitio. La montaña permite casos de supervivencia como el de Kamil, una tormenta acabará (o no) con su estado de fortuna tarde o temprano y con la ficción de los sobrequipados. Es simple, también.

(1) [nota bene: el debate de auténticos esencialistas frente a advenedizos inauténticos también se da en la montaña como en casi cualquier ámbito de actividad humana, lo trataré en alguna entrada más adelante.]

sábado, diciembre 9

Simplificando la experiencia...(1)

Cuando has entrenado el suficiente tiempo para el maratón acabas por saber casi todo de aquellos otros corredores con los que te cruzas. Sólo por el atuendo de entrenamiento es posible reconocer a cada tipo de corredores. A los ocasionales se les identifica fácilmente, suelen correr con las zapatillas equivocadas, con demasiado atuendo, exceso de ropa, se les puede ver con un reproductor de CD,s o el móvil en la mano... También los hay que decididos y con las mejores intenciones se han calzado con algún tipo de zapatillas galácticas (que tampoco son las adecuadas para correr ya que les han aconsejado mal) y se lanzan a las aceras con todo el equipo completo de estreno y marca global. Como en la montaña la ligereza de lo que uno acarrea es una ventaja. Hay quienes para andar por la nieve llevan extraordinarios piolets de escalada en hielo, sistemas de hidratación para unas horas de caminata, chaquetas de tejidos impronunciables, pantalones... y GPS en Navacerrada. Es algo complicado, pero simplemente es así.

No sé con exactitud que es lo subyace de fondo en el exceso de equipamiento: si la creencia de que con material de primera se consigue la reproducción de la experiencia hasta niveles insospechados (probablemente ha arraigado la ficción de que el equipo puede suplir las carencias personales en técnica y experiencia, una creencia fabricadas por nuestra sociedad posibilista que nos promete que podemos consumir cualquier tipo de experiencia si tenemos el dinero suficiente -astronautas millonarios, exotismo de luna de miel...) o, la realidad, la anulación de la misma experiencia . Hace poco alguien me recomendaba estudiar la posibilidad de ir a la montaña con alguien que me contaban que tiene uno de esos relojes barómetro, altímetro, brújula... y que también da la hora. Me preguntaron si tenía uno, contesté que a las montañas siempre se sube con las piernas. Es lo más simple.

viernes, diciembre 8

Ambición y nostalgia


Leyendo uno de los libros de viejo que compré este verano, libros de montaña de la editorial Juventud que tienen casi los mismos años que yo, parecen surgir muchas sensaciones familiares e imposibles simultáneas. Con que naturalidad vuelvo una y otra vez a Namche Bazaar, Khumjung, Thengboche... de la mano de Hillary, Messner, Mallory, Tichy... abro al azar el libro "El Desafío" de Messner y leo una frase -tras fracasar en el Lothse se dirige al Karakorum- que describe su pensamiento cuando abandona el Himalaya sabiendo que regresará: "ambición y nostalgia".

jueves, diciembre 7

Regresar al Himalaya

Hospital de Khunde

Le envié a mi colega de trabajo Stephen T. mi reportaje publicado en Jano sobre las banderas orantes en el Himalaya. Me respondió desde Singapur, donde vive y trabaja: "I just received the copy of Jano with your report on Nepal – it filled me with nostalgia". Es curioso, cada vez que me pongo a repasar el estado del proyecto que he llamado "Medicinas al hospital más alto del mundo" me gana la nostalgia por la inmensidad del Himalaya, por Mingma y la gente que encontré en la montañas (no fue idílico, dos de mis compañeras de expedición -sobre todo una- nunca deberían haber salido del bar donde beben intensamente los fines de semana en Vegadeo; algún día contaré la experiencia que me tocó vivir con una de ellas, médica de profesión en activo, cuando se nos acercó una mujer para que ella viera a su hijo con una enorme llaga en las nalgas). Iré haciendo el diario del progreso de las múltiples gestiones para llevar 300 kilos de medicinas al hospital de Khunde, a 3.800 metros de altitud, no muy lejos de ese mítico poblado de Namche Bazaar.

domingo, diciembre 3

Kurt Diemberger

Javier García Sánchez ha publicado una novela sobre el K2. No he leído a JGS nunca, en casa hay algunas novelas suyas que no son mías. Una amiga me envío un email avisándome de que alguien me había pisado la idea, por algún lado anda escrita una historia sobre el K2, Bonatti y personajes ficticios y reales. Hay a medias también un proyecto de semificción (parcialmente se puede encontrar en este blog) de retratos biográfico literarios. Toda mi historia con las montañas comenzó por el K2. Otra amiga me escribió hace dos días para decirme lo de la novela de JGS y que se había acordado de mí y que por eso me escribía. Hacia unas horas que yo había llamado a otra amiga, que trabaja en una libreria virtual, para pedirle la novela de JGS y no por él sino por el K2. El K2 me llevó a Diemberger (en la foto algo más jóven de lo que es hoy en día) y a Bonatti, éste a los Alpes, éstos a Lachenal a Terray al Annapurna y ésta me llevó al Himalaya y a tener que volver y a inventarme un proyecto algo disparatado... Hace unos meses Diemberger estuvo en la librería Desnivel, agarré un libro de casa y me lo llevé a la charla... él sigue recordando a Buhl como si no hubiese pasado tanto tiempo y cambiando el mundo tanto... luego hice fila y esperé a que me firmara, a pesar de llevar ya algunos años en el mundo editorial no sé porqué los libros siempre se firman en las primeras páginas, yo le pedí que firmara en una fotografía del interior, cruzamos unas palabras, me fijé en las falanges amputadas de sus dedos sin morbo, con la familiaridad de algo ya de sobra conocido, yo sabía (lo había leído de él) dónde sufrió las congelaciones, su historia con el K2... Diemberger es un extraordianrio ejemplo de honestidad y ética en y con las montañas, y un referente para tiempos de desorientación sobre las experiencias personales y la consecución de récords por el solo récord y por la marca que patrocina (digámoslo claro, financia) las jugadas con los límites para vendernos materiales a aquellos que probablemente nunca los afrontaremos a esas escalas. He cogido otro libro de Diemberger de las estanterías para leer ahora que las noches llegan tan pronto y he buscado unas líneas suyas que subrayé hace tiempo: "¿Qué es lo que nos permite alcanzar una meta, un sueño? Sólo una corta frase: yo quiero".

A punto, las casualidades no existen.

viernes, diciembre 1

Lo extraordinario de la normalidad

En escalada ando peleando con los desplomes. Hay días en los que esa dificultad se pasa como si tuviese un motor de propulsión en las plantas de los pies y en otros, aquellos en los que uno se siente más –demasiado- seguro, fallan o los brazos o las piernas o la mente o todo junto. La escalada como el maratón aporta el enorme aprendizaje de la modestia: nunca la misma actividad supone la misma experiencia, cada día es distinto, en cada carrera o cada escalada aparentemente somos el mismo pero, la verdad, es que jamás lo somos. No es una referencia heraclitiana, es la verdad.

Ayer noche sucedió algo poco habitual al pie del rocódromo. Siempre hay algún curioso que se muere por probar y ando mirando y remirando los dieciocho metros de pared. Un hombre, de unos treinta y tantos, parecía acompañar a una chica que era evidente que sentía esa curiosidad por intentar subir. La primera aproximación es preguntar con moderado interés. La sensación de ridículo parece pesar más que la misma ley de la gravedad. Ella llevaba sentada mirándonos y a veces tensaba las manos, retorcía los dedos entrecruzados y en el rostro simulaba del esfuerzo en la pared. Ella ya había decidido intentarlo, y su acompañante, me pareció que en algún momento le llamaba Pocholo, estaba pendiente de los movimientos ágiles o torpes de quienes escalábamos por turnos en tope rope. Me tocó subir y todo fue bien: el techo, el desplome y el destrepe. Intercambiamos unas frases y me preguntó sobre la dificultad de lo que había hecho. No quise ser condescendiente y le contesté con honestidad, sin mirar a la silla de ruedas, vi como le brillaban los ojos -de sinceridad- cuando me dijo: Tiene que ser increíble ¿verdad? Le miré, por un momento estuve a punto de sentirme incómodo buscando una respuesta políticamente correcta, sonreí, apreté los labios y asentí con la cabeza. Fue suficiente.