Una médico en el Himalaya
Hace unos días escuché a un compañero de trabajo que afirmaba con convicción: “la salud es mucho más que la medicina” y yo pensé que la medicina es mucho más que los médicos. Viene a cuento esto de la ocasión en la que en el oeste de Nepal, en la zona controlada durante más de una década por los maoístas, en un alto para comer, se acercó una mujer a Mingma para preguntarle si podíamos darle medicinas para su hijo.
Los habitantes cerca de las zonas de trekking y alpinismo saben de sobra que cada occidental lleva un buen botiquín. Los porteadores debieron interesarse por lo que le ocurría al niño y vinieron a nosotros con la idea de que C., uno de los cuatro que íbamos en el grupo, médica de familia y MIR en medicina interna, ayudase al niño. C. hizo un mohín, casi imperceptible, de disgusto –pensé que la malinterpretaba y aquella mueca debía significar cualquier otra cosa. C. dejó la taza de té sobre la mesa y de su mochila sacó unos de los muchos guantes de latex que llevaba. Salió del pequeño lodge al exterior soleado y al cabo de un rato volvió resoplando y con el asco y la contrariedad incrustados en el gesto. Mientras decía sin dirigirse a nadie en concreto, como si pretendiese consolarse a sí misma,“que mal rollo” agitaba la mano como si anduviese dislocada de la muñeca. C. intentaba, sin que se le borrase aquella mueca, sobreponerse a lo que acababa de ver: una enorme llaga infectada en el trasero del niño. Tomó aire y resopló más fuerte. No dudé de que estaba buscando energías internas pensando en cómo curar al niño con el botiquín, enorme pero limitado, que llevaba. Supuse que rastreaba mentalmente qué medicamento usar o cómo conseguir lo necesario para desinfectar la enorme herida. Cuando me cercioré de que las cremas que C. llevaba en la mano eran para dárselas a la madre y que el enésimo resoplido sólo significaba que no iba atenderle, me quedé mudo ante la perpleja obviedad de cómo un médico del primer mundo se escaqueaba de curar, incluso de un primer auxilio básico, a un niño rural y miserable.
Hasta entonces el ejercicio de la Medicina lo tenía asociado a una idea extrema de responsabilidad, de ética, de compromiso a tiempo completo. Jamás olvidaré como un amigo de una amiga, Jesús Castellanos, que estudiaba Medicina hace veinte años (cuando yo no había hecho ni COU) me dijo que como no se sabía adecuadamente una asignatura de Medicina la pensaba dejar para septiembre. Cuando le pregunté si no podría aprobarla me afirmó que sí, que si se presentaba podría aprobarla. ¿Y entonces? inquirí. Jesús me respondió algo qu eno olvidaré nunca: “cuando atienda a alguien en el futuro de los ojos no podré decirle que no estudié esa parte lo suficiente.”
Cuando C. entregó las cremas a la madre y le dio la espalda al grupo volvió a resoplar vaciándose de angustia y llenándose de alivio. No me avergonzé de C., a pesar de que su acto como poco reflejaba cobardía y pereza. Ella quizás lo haya hoy olvidado, o no; y tendrá que cargar siempre con esa pasividad. Como diría un budista, "mucho peor para ella".
Me sentí mal, es cierto, y no por C. si no porque me di cuenta lo que somos de verdad en conjunto el ser humano es la consecuencia de la suma de miles de actos individuales casi tan imperceptibles como miserables .




