Encontrado y rescatado de un antiguo fichero informático, en una versión semiprimitiva de Word MSDOS (searching... searching...) Berlín, 1987:
"Andando desde la estación del S-Bahn Tiergarten hacia las afueras de la ciudad en dirección este uno se acerca más al frío: se divisa claramente la Siegessäule justo donde empieza una avenida inmensa. De noche los rastros de vida humana son escasos, sólo coches. Andar a esas horas sobre las hojas podridas necesita de un valor extraño, casi de una melancolía aguda. Llegar hasta la frontera insalvable de la Puerta de Branderburgo es más que un acto testimonial; sin embargo yo lo había convertido en una costumbre irrazonable cada vez que llegaba a aquella ciudad. El contraste de oscuridad y luz separadas sólo uno metros, un salto imposible, un intento mortal. Se acerca gente aislada, suben a uno de los andamios laterales, miran absortos lejos, demasiado, policías , perros, coches militares, minas, una cuadriga patéticamente inmovilizada; hay quien se tapa los ojos, un joven se acerca hasta la misma pared para orinar sobre dibujos multiplicados en uno indescifrable.
Al día siguiente en Checkpoint Charlie: pagar un visado de horas, pasar varios controles, al otro lado de tantas cosas está lloviznando, nubes grises reposan sobre el suelo, el color ha desaparecido y uno comienza a moverse dentro de una fotografía en blanco y negro con bordes gastados con manchas de origen perdido. Camino paralelamente a esta lápida infinita que ha cambiado hasta de nombre, ya no es el muro sino la Barrera de Protección Antifascista. Un militar despatarrado y armado mira desafiante a los turistas que le fotografían, curioso souvenir. Me vuelvo dando la espalda a occidente, me doy cuenta de que el nombre de las calles está escrito en el suelo, sin pintura, sin marcas puede leerse entre el cemento y la mugre Unten den Linden. No necesito ningún plano, se pueden seguir todas las huellas necesarias: las de los resignados, las de los chivatos, las de los perseguidos y las de quienes les buscan... incluso podría adivinar las mías antes de pisarlas.
Todo se me antoja como la mejor escenificación posible de una teología política, que como buena teología ha de declinar.
El centro de esa parte de la ciudad, Berlín este, está preparado demagógicamente para la continuación fotográfica, para sonrisas ridículas que abandonan esta parte de la ciudad antes del toque de queda emocional cuando los visados se convierten en polvo que desaparece de las palmas de las manos. Tomo el metro hacia la periferia que se derrumba lentamente por abandono consentido. Se detiene un conductor que no es ocasional, me ha visto intentando parar a uno de esos taxis que huyen de los posibles clientes, trabajo ilegal, sé que no me va a pedir dinero alguno, yo podría ser un policía, todo son sospechas en el reino del engaño. Me delato como perdido y me reconoce como no enemigo. Acaba por interrogarme por mi país y eludo responder algo concreto; insiste en preguntar: ¿consideras que tienes patria?, ¿qué es lo mejor de donde vienes?, con ello él me confesaba cosas íntimas de su vida. El resto de monedas son para él. Las calles estaban a punto de desaparecer en la noche, frío, niebla; solo, cruzando la frontera hacia cualquier lugar. Los pies laten doloridos dentro de los zapatos, están sucios de algo que fue una ciudad, atravesar aquella obscena barrera de hormigón me revuelve las tripas. Quedan las cruces de los sacrificados y sus asesinos aún impunes.
Uno se adentra en una ciudad muchos años después de los acontecimientos que te llevan a ella, moverse entre una memoria imposible buscando restos o señales invisibles que para los supervivientes son dolor puro, un cierto morbo histórico se me antoja, un delirio inodoro irrastreable. Lo menos estéril es mirar con los ojos infantiles que lo vieron todo en blanco y negro; intentar rehacer la memoria colectiva en color es la muestra de la estupidez de nuestra cultura, no convendría olvidarlo: el color es un invento demasiado reciente en lucha constante contra el olvido.
Post scriptum 1989: He conocido gente que la última noche de existencia de aquella lápida gigantesca, de aquel esfínter kilométrico, lloró de alegría a más de mil kilómetros de distancia.