Yo estuve en la calle Genova, recupero la entrada del blog del 14 de marzo de 2004
domingo, marzo 14
Tras tres días entre la estupefacción, por encima de la conmoción, va brotando la ira, una ira abonada por la miserabilidad de unos gobernantes que han manipulado, o al menos han hecho enormes esfuerzos, la realidad; coges las zapatillas y a la calle, tres días sin correr, atenazado, comenzaba de nuevo a llover; no, no fuiste en dirección casual ni los semáforos ni los coches ni los atascos te desviaron, calle abajo hasta la manifestación en Génova, para ser otro ilegal, otro manipulado, la libertad de pensamiento no es ilegal, aunque les gustaría a muchos, a tantos, ser uno más, otro más reclamando la verdad a quienes mienten con tanto método (aunque torpe y necio) para ganar o mendigar unos votos, insultando a la inteligencia colectiva de un pueblo y sosteniendo en alto y juntas la mentira y su miedo en el mismo astil; la mentira: que oculta la responsabilidad de las muertes por pura megalomanía; el miedo: a la verdad de ser descubiertos y perder el poder que con codicia intentan preservar; y no deja de ser paradójico: pedir la verdad a los que mienten, la realidad a quienes la empuñan, como en una patología acaban por creer sus propias mentiras ahogados de víctimismo. No tardó en salir el aspirante succionado y arrastrado por la realidad y desenmascarado por los lúcidos, para decir que erais ilegales, cómplices, antidemocráticos, víctimas de la manipulación o de interés ocultos, para insultar mientras erais la garganta de muchos miles más que o estaban allí, reclamando solo la verdad, solo la verdad; auténtico ejercicio antidemocrático pedir la verdad visto por aquellos que han profesionalizado la manipulación y el relativismo de la vida, de la educación, de la sanidad, del trabajo... Hubo quién te miró unos segundos con perplejidad, lo sentiste a la espalda, ir con pantalones cortos, sudando; intentaste cruzar el cordón de seguridad y parado por tres policías a la vez: no puede pasar por motivos de seguridad, te dijo uno sin mirarte de frente, ¿por la seguridad de quién?; y no hubo contestación. Dentro de los otros, de todos, de la calle, dentro de Madrid te oíste gritar mentirosos, queremos la verdad sentiste escalofríos y como el sudor se estaba quedando frío en la espalda, entre tanto buscaste despacio las calles cercanas para seguir corriendo. El día anterior un par de millones de personas había tomada toda la Castellana y Madrid y todo el país, ya había cierta apatía en el tráfico, poco o menos ruidoso, más lento, la gente que andaba se encaminaba deprisa hacia la calle de donde venías; el rumor, el grito, los silbidos alcanzaban a centenares de metros mezclados con las sirenas de la policía y el sonido del helicóptero que sobrevolaba la zona. Al correr se escuchan retazos de conversaciones que cruzas o rebasas, durante apenas segundos, como una fotografía de palabras; ayer se hablaba en otro tono, o lo parecía, surgían impregnadas de cierta profundidad, palabras como pueblo, derechos, increíble, estupidez, horror, hijos… poco habituales, algunos tonos con reproches agrios; Castellana abajo en las fuentes aun quedaban pancartas, en Cibeles muchas, también en Neptuno, un dolor punzaba fuerte la rodilla derecha, no ibas a parar ni volverte ahora; a veces, sales con dinero por si te lesionas lejos de casa y poder regresar de alguna forma, la meta ayer no era tenía meta ni ningún final; se divisó pronto el armazón de la estación, Atocha siempre ha sido una zona con algo de irreal, una zona como perdida o rezagada o durmiente en el tiempo, bares que no han cambiado en cuarenta años, personajes extraños o estrambóticos, todo contribuye a la sensación de no ser ningún lugar, una suerte de sumidero de todo tipo de personas y cosas inconexas. Pronto encontraste las velas en el suelo, el silencio, una nueva parada, unos minutos, nadie levanta mucho la voz, ni nadie toca el claxon para nada, ni tan siquiera al parar cuando el semáforo cambia a rojo ni los coches ni la motocicletas ni los autobuses invaden el paso de peatones que lleva a una de las zonas con velas. Las obras de remodelación de la estación dan un aire más lóbrego a la atmósfera aciaga que se reafirma sobre todos, como si el aire pesará más, fuera más difícil respirar o solo fuese el peso del miedo o la tristeza o el dolor o todo junto y a la vez con más pesos de silencio, la gente anda o pasa o sobrecogida o encogida dentro de su cuerpo, más velas, más carteles, una oración, nadie mira a nadie; es tiempo de regresar, cruzas y pasas al lado de un puesto que vende camisetas y gritan con un megáfono “no pases de largo”, a ti y a todos, como escupiendo culpabilidad, vomitando a cada uno una responsabilidad inverosímil por no comprar una camiseta por el asesinato de personas. Es nauseabundo. Pronto aparecerá el mercado y su mano invisible sin escrúpulos para hacer dinero de la tragedia, la prensa hace biografías patéticas de los muertos, lo peor es que les preguntan a los vivos, ya hay cuentas bancarias de apoyo que no son reales, no hay reparos en utilizar el dolor para vender un periódico más, para ganar un minuto de audiencia, un voto más… vuelta Castellana arriba, no sientes cansancio, sientes el peso, un peso inhabitual pero familiar, semejante a otras muertes; y recobras las sensaciones de hospital, de las salas de espera y su olor, de las miradas que no se cruzan, del miedo en las UVI, la bolsa negra con pertenencias, los velatorios ciegos, las manos que te dan que no agarras y que no dicen nada, las frases que pierden el significado de nada, el corto consuelo en nada, el dolor de todo, una misa más y unas manos más y unas voces más y nada es nada, flores, los pasos en el cementerio, la tumba… un dolor en el tobillo te sacó de ahí, una torcedura rápida y poco importante, no paras, adelante, el progresivo agotamiento ralentiza la zancada, correr en la ciudad es complicado, demasiados obstáculos, el cemento de las aceras es la peor superficie para correr, te devuelve cada pisada, no absorbe el impacto y te rebota todo en ti, sufren más tobillos y plantas, se corre mejor en el asfalto, está pensado para los coches, las aceras no está claro para quien son, poco a poco van dejando de ser para los peatones, no, no está claro, no, no hay nada claro, las sombras, la aberración, la alarma, el odio… ganan terreno, tanto y tan rápido.