Una tentación extendida, ingenua y no culpable tiende a ver en el alpinismo o la montaña (en las actividades más exigentes) un barrococó romanticisímo asociado a grandes conceptos de desafío, lucha, libertad, conquista, soledad, belleza, el combate denodado del hombre con los elementos... todo en una aproximación casi siempre superlativa... Y la verdad, como todo, es mucho menos interesante de lo que esa literatura de montaña que tanto ha excitado nuestra imaginación ha conseguido recrear en el inconsciente colectivo.
Whymper fue, sin duda, el inventor de la épica montañera con su relato de La conquista del Cervino. Lo cierto es que cuando estás en la vía escalando, o en una pala de nieve clavando a dos manos el piolet, lo único que piensas es cómo vas a hacer el siguiente paso y en poner los seguros cuanto antes para evitar caer demasiado, si caes. La boca se seca, vas a tope de adrenalina, solo se piensa en los siguientes segundos, donde va el pie, el otro, la mano, la otra mano; y nada más... y venga: al siguiente metro... el mundo deja de existir en lapsos reduciéndose a la siguiente mirada que buscando presas o apoyos de confianza... Cuando se supera un paso complicado surge una euforia de segundos escasos, hay que preparar la reunión y no hay tiempo ni error que cometer...
Al rapelar revisas muchas veces con la mirada los mosquetones, los nudos y antes de comenzar a descender vuelves a remirar todo: el primer paso y luego abajo, el alivio, la paz está en la siguiente reunión... La lírica romántica está en el observador, nada más... y bueno, en quien le echa el suficiente cuento del bueno al describirlo. Claro, hay quien vive siempre para contarlo.