...
Esa luz comienza a importunarme girando tanto, las chicas rubias se han bajado y una señora mayor con un bolso de marca muy visible ha mirado a mi cuerpo unos segundos con desprecio, como si le quitase espacio o litros de aire. Antes de entrar de un salto en el vagón, a punto de cerrarse las puertas, en Bleecker St. escucho venir corriendo con torpeza a un hombre con barba cana, pelo largo arreglado y gafas de pasta marrón ...no deberíamos esperar nada, no deberíamos esperar nada de nadie, ni de los seres cercanos ni del resto, nada de nadie, ni de otros ni de nosotros mismos, sería más fácil vivir sin esperar, darnos por perdidos, la racionalidad está en renunciar a la espera, a la llegada, acabaríamos así con las esperas ansiosas, angustiadas, en pie, sentando, viviendo sin reposo, esperas en salas de esperas, en camas, en cualquier sitio del planeta se puede esperar, pasar una vida esperando, lo peor es que acabamos esperando cualquier cosa, las más de las veces improbables, una llamada de teléfono o una persona o una noticia con la ingenuidad de que nos haga felices para siempre, lo que llega es lo que no esperamos ni deseamos, abandonos,

rupturas, muertes, las esperas se inician sin conocer el riesgo de que se aplacen, prologuen y perpetúen como la metáfora fallida de una vida, no sabemos al iniciar una espera cuanta paciencia será necesaria, para una espera que siempre crece, demora, dilata, alarga, prorroga y paraliza y acaba por hacerse necesaria por la propia espera y exige más paciencia hasta que la espera se transmuta en esperanza, esperar sin cautela o con ansiedad, confiados en no ser defraudados, no debería haber compases de espera más, ni interminables esperas con los brazos abiertos para no cerrarlos jamás, esperas mano sobre mano, inútiles, agotadoras, angustiosas, atormentadas, interminables y siempre monótonas; esperas que acaban en listas, salas, tiempos, horas, días, meses, años, vidas, y así nos va, esperando sin saber cómo ni cuándo ni dónde ni qué; y ninguno dejamos de esperar, se acaba esperando por esperar, sin saber qué se espera, o solo una brizna de esperanza sirve para seguir esperando, hilos y ráfagas y soplos e inyecciones de esperanza, que se alimenta, alberga, concibe, pisotea, recobra, abriga, se acaricia, alumbra, cimienta, se da o devuelve o se quita; y ella se borra, desvanece, vislumbra, deposita, desmorona, disipa, enfría, esfuma, late, recobra, derrumba, vivimos de esperanza tanto como de respirar... Ve un sitio libre al detenernos en Spring St. y se acerca detrás de esa luz, cada vez es más agradable.
Se me ha caído el libro. Lo ha recogido un hombre que es un mendigo reciente, ha mirado la portada y me lo ha puesto en el regazo pensando que duermo ...qué feliz este hombre pudiendo dormir, solo tengo que intentar no perder la calma, las cajas de cartón no son para mí, enfiladas unas tras otra frente al edificio de Naciones Unidas, habitadas por enfermos y arruinados, todas las calles tienen indeseables pensaba, ahora soy uno de ellos, quizás Nueva York sea una ciudad erguida pero llevamos un tiempo de rodillas, llorando, rezando para que nada nos vuelva a ocurrir, también la ciudad son las cajas de cartón húmedas de vómitos y orina, las esquinas con mendigos que se pelean por las esquinas, nosotros somos la esencia del capitalismo, una jeringuilla hipodérmica sin usar de día, un dólar, de noche, tres dólares, mendigos y locos y drogadictos neoliberales, una botella de alcohol es un día de anestesia, un día menos, con vasos de papel en la mano paseo esperando un milagro que sé que no va a llegar, que ni merezco, con menos esperanza que se llene de lluvia, dementes abandonados bajo los semáforos, gritando antes de ser atropellados, los taxistas saben esquivarles antes de arrollarles si van mirando delante y no esperan que desde atrás les pequen un tiro, el vagón del metro chirría alaridos de ciudad, una navaja podría salir de ningún lugar y seccionarme la yugular y no pasaría nada, gotas de sangre sobre las acera llenas de rastros de los extraviados que nadie busca, las calles huelen a grasa requemada y perfumes, solo lo sabemos no necesitamos decir más, hombres y mujeres, setenta veces siete multiplicados por mil mentiras, voy a ser matemático, famoso por mi regla de tres, sencilla regla de tres racial para demostrar: nueve de cada diez homeless no son blancos, yo soy el tonto de la ciudad y yo soy un diez por ciento, este hombre está muerto y nadie se ha dado cuenta, a mí me sucederá lo mismo, si digo que está muerto nadie me va a hacer caso o a lo peor me hacen responsable a mí, ni una moneda, adiós muerto adiós, toda la ciudad evita la Zona Cero, si no olvidamos es por que no podemos...