¿Qué familia tradicional? (2)
En la época de la dictadura la cohabitación (amancebamiento), el adulterio, el uso de anticonceptivos y la homosexualidad estaban perseguidos y penados. El divorcio no estaba permitido aunque ya existía la nulidad matrimonial que como publicaba el editorial de El PAIS el 24 de junio de 1981, defendiendo la ley del divorcio, se trataba “de una forma de disolución del vínculo matrimonial costosa e hipócrita, reservada a una casta de privilegiados a través del monopolio en la materia de las autoridades eclesiásticas.” Los hijos tenidos fuera del matrimonio estaban desamparados legalmente ya que no tenían derechos y eran considerados bastardos. El aborto era ilegal, lo que no significaba que no se practicase y se persiguiese a aquellas mujeres que no podían costearse abortar fuera de España.
El referente inevitable para la apelación nostálgica a la familia tradicional no parece ser otro que la familia patriarcal; a pesar de ser solo una forma transicional de desarrollo social y familiar propia de la mitad del siglo XX. Históricamente han existido muchos tipos de familia y han variado por países, regiones y determinadas por el sistema de trasmisión del patrimonio, el diferente valor económico de los hijos, las diversas formas de control social, las tasas de mortalidad infantil, el sistema de producción dominante o los códigos penales. El único rasgo común a todas las sociedades occidentales propio de la familia patriarcal es la desigualdad social, económica, jurídica y sexual de la mujer frente al hombre.
El paso de la dictadura a la democracia en España es también el límite entre una sociedad no-contraceptiva y otra contraceptiva; se trata en definitiva de la suelta de lastre de la sexualidad femenina de su tradicional finalidad reproductiva y de la exigencia de virtud. Así por primera vez en décadas, no se persigue fuera del matrimonio la sexualidad libre y habitual de la mujer. Se da así carta de nacimiento a lo que Anthony Guiddens llama la democracia de las emociones, que necesariamente tiene que ser válida para heterosexuales como homosexuales. En la España predemocrática la persecución de la homosexualidad estaba basada, los discursos en contra de los matrimonios gays mantienen hoy el viejo argumento, en una supuesta antinaturalidad; frente a los fundamentos “sólidamente anclados en el derecho natural, dado por el Creador” propios del matrimonio católico.
La familia nuclear tradicional sólo se da de forma amplía entre personas mayores de cincuenta años y con el paso del tiempo se convertirá en un grupo menos significativo. Crece el número de personas que deciden vivir solas, vivir sin casarse, divorciarse y rehacer sus vidas, tener hijos fuera del matrimonio, viudas que no se casan para no perder su pensión pero que cohabitan con nuevas parejas, etc. En definitiva, socialmente el matrimonio no es la forma ni natural ni definitoria de la pareja ni de las familias hoy en día.
Las nuevas formas familiares están ligadas a la expansión de los valores ilustrados de la democracia. Y la pervivencia de normas patriarcales, cuya expresión más palmaria de crisis es la violencia de género, es más preocupante que el declive progresivo de su forma familiar más tradicional. Nunca como hoy en la historia de España y de las sociedades occidentales las relaciones- matrimoniales o de pareja, entre hombres y mujeres- habían sido más igualitarias. ¿Quién quiere defender la vuelta a la desigualdad –sexual, educativa o laboral- entre sexos? La familia es, sin duda, una institución social fundamental pero no la familia nuclear sino mayoritariamente de las familias que se crean y mantienen voluntariamente entre individuos libres y autónomos.









